Sinaloa, la tierra caliente

Crónica y fotos de Sofía Castillón [i]

Un viaje hacia el estado de Sinaloa, en el norte mexicano. La tierra de Pedro Infante y de Inés Arredondo, pero también del tristemente célebre Cartel de Sinaloa. En esta crónica de un camino recorrido en mayo de 2014 se retratan algunas apreciaciones sobre el paisaje, la gente, y la violencia.

La cueva del diablo

Sinaloa se yergue sobre los contrastes del México profundo. Transitar sus calles invita a pensar en aquellos calores asfixiantes que Juan Rulfo y Jesús Gardea dibujaron en los paisajes de otros nortes. El sudor humedece el cuerpo como si uno fuera un país de muchos ríos.

Sinaloa viste un mundo diferente a los cómodos y descansados paseos por Coyoacán en el Distrito Federal mexicano, y disímil, también, respecto de las tristes noticias televisivas que lo volvieron famoso.

La omnipresencia tácita de la violencia puede verse a lo largo de sus rutas, en las señalizaciones de tránsito sospechosamente agujereadas; en el silencio punzante cuando las preguntas recaen sobre los oídos sinaloenses que intentan evadir las preguntas directas; en la presencia naturalizada de personas armadas en las fiestas populares.

Por otro lado, mientras que las radios transmiten narcocorridas cuyas sanguinarias letras enaltecen las hazañas de los líderes narcotraficantes, también opera con la misma intensidad un sentimentalismo meloso que danza al ritmo de la bachata.

En el norte, tan minado por la cultura de la violencia, se encuentran desarrollos artísticos que responden a la lógica propia de un misterioso joven Werther mexicano. Salvo excepciones, la Poesía y la Música todavía le cantan a la belleza del mundo, a la naturaleza, a la esperanza y al amor.

En el paisaje agreste de Sinaloa, el calor echa humo sobre los árboles y los desenfoca como si hubiera una lupa de agua separándonos del objetivo. El silencio responde a la curiosidad extranjera por conocer las opiniones sobre la injusticia, sobre las ausencias, sobre tanta tristeza y tanto pueblo que sufre.

Si el Infierno está en un lugar, está en Sinaloa. En las costas paradisíacas de Mazatlán se encuentra una cueva denominada “La cueva del diablo” que permanece cerrada debido a las reiteradas apariciones de Mefistófeles. El calor agobiante del aire sopla como si fuera su respiración. El agua del mar hierve, la espuma rebulle como en la boca de un perro rabioso. Y al mismo tiempo, la arena fina acaricia los pies, los artesanos trabajan en la costa con su gesto amable, y pueden verse abrazos sinceros en despedidas que implican tanto agradecimiento como cariño, y parecen decir que hasta en la temible cueva del Diablo queda algo de la presencia de Dios.

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Mocorito, pueblo mágico

Mocorito es una pequeña ciudad que en 2015 fue reconocida como Pueblo Mágico en el programa de incentivo al turismo que desarrolla el gobierno de la nación mexicana. A tan solo 16 km de Guamúchil, la quinta ciudad más grande del estado de Sinaloa, el pueblo de calles limpias y casas coloridas parece un dibujo colonial de alguna película de época.

En los Viernes de Plaza los habitantes del pueblo se encuentran en la plaza principal para compartir sus destrezas culinarias, artesanías, conversar y bailar. El evento conforma un espacio de identificación tanto para jóvenes como para adultos mayores de diferentes estratos sociales y actividades profesionales. La armonía y tranquilidad en la que parecen vivir sus habitantes contrasta con los recuerdos sobre la violencia en los que debían ocultarse al grito de fuego para evadir los tiroteos que se desataban en las calles.

En Mocorito y en Guamúchil la presencia del extranjero se festeja con invitaciones a comer, con entrevistas en el periódico local, con mensajes de bienvenida en las redes sociales, con el deseo de “mostrar lo mejor y lo más lindo”.

Mocorito habla desde la voz de sus habitantes que manifiestan el deseo de que Sinaloa se despegue de la imagen televisiva tan vinculada a cuerpos mutilados, a crímenes narcos y a números que simbolizan desaparecidos; porque el norte mexicano es mucho más que la prostitución que los medios de comunicación suelen ejercer sobre el dolor humano, y existe un fuerte esfuerzo social por construir otra imagen al mundo. Y allí la esperanza mueve el pie disimulada, tarareando alguna canción de los Tigres del Norte que suena en la radio.

La fiesta de rancho

–         “¡Invítala a la guerra, ve, ve, ve, ve!” – exclama un joven de unos 18 años mientras señala a su amigo una chica vestida con minifalda floreada y tacones kilométricos. Desde las alturas, ella mira con gesto preocupado y ansioso. Brillos en el pelo, brillos en el rostro, brillos en las uñas. Esta mujer que podría pasar por reina de belleza en cualquier ciudad de México, en San Benito, Sinaloa, ofrece su expresión de angustia al costado de la pista, sola.

El joven se acerca con porte firme y decidido, pero cuando le extiende su mano, ella lo rechaza despectivamente. No le interesa el ofrecimiento de baile humilde de quienes no pueden pagar los costosos permisos para bailar en la pista.

Las fiestas de rancho, tradicionales en los pueblos del norte mexicano, son el evento más esperado en el año para que hombres y mujeres muestren las plumas de pavo real bien abiertas. Se trata del lugar donde los roles sociales definen su trazo a punta de rímel y taco aguja.

En la entrada a la fiesta puede verse la estatua de dos caballos, homenaje a los “caballos que corrieron”. Cuenta la historia que los pobres y los ricos organizaron una carrera con un caballo que representara a cada uno. En la competencia, los pobres apostaron todo lo que tenían, confiados de que serían los vencedores… y perdieron. La historia se recrea simbólicamente todos los años con una carrera de caballos que inaugura el evento.

La entrada se abre con juegos de feria, puestos de tacos y carnitas, golosinas, aguas de fruta y cervezas.  Por los caminos de tierra transitan hombres vestidos con botas altas, cinturones con hebillas enormes y sombreros. En la mano, una cerveza.

Rápido, un grito de “¡aguas, aguas!” que alerta y obliga a salir del paso para dar lugar a un caballo con su jinete. Las mujeres no se alarman demasiado y continúan el andar sensual como si en lugar de caminar en medio de la polvareda que dejó el equino estuvieran desfilando en la mejor pasarela.

El lugar más importante de la fiesta es la pista de baile. Como la fiesta dura varios días, el dinero recaudado se utiliza para reinvertirlo en el rancho. A las mujeres no les está permitido abonar su permiso de baile, por lo que la única posibilidad de mostrarse en la pista recae en que un hombre la invite a bailar.

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Sobre el escenario, el grupo musical principal toca “música de banda”, un ritmo reiterativo que se baila en pareja. En un abrazo cercano, los hombres y mujeres dibujan una sola sombra en el piso mientras se balancean con pequeños saltitos.

A muy pocos metros, hay bandas alternativas que tocan para que bailen quienes no puede acceder a la pista.  El sonido de las músicas se mezcla, las parejas crean sus propias interpretaciones de los compases y sus movimientos atienden en mayor o menor medida a la banda que esté más cerca. Puede haber cuatro o cinco bandas proponiendo ritmos a menos de 5 metros entre sí.

Las parejas que bailan en la pista se componen por mujeres jóvenes con acompañantes que pueden variar entre los veinte y los sesenta años. La solemne cortesía norteña se desdibuja en la sombra de las parejas que bailan fundidas, y recuerdan el pasaje de Élmer Mendoza que en “El amante de Janis Joplin” describe el pueblo como un mechón mal peinado. En las fiestas de rancho, el cortejo que acerca los cuerpos durante la danza es una imagen contrapuesta a la distancia respetuosa que se impone en los sutiles usos del lenguaje cotidiano.

Al agudizar la mirada sobre ellos, puede advertirse la cantidad de hombres que bailan exhibiendo la pistola enganchada en el cinturón de su pantalón. Afuera, en los bordes de la pista, están los custodios de algún Rogelio Castro vistiendo los mismos sombreros y cinturones, con el agregado de las armas largas que portan por cualquier contratiempo. ¿Por qué armados? Se pregunta el ojo inexperto, y la respuesta norteña es “por seguridad”, y sonríen, divertidos por la sorpresa ajena.

Afuera de la fiesta, el tiempo se detiene. Se ven las constelaciones limpias sobre un negro profundo. Todo el bullicio de las bandas, de los cuerpos agitados, de los juegos y de los picantes, acalla y muestra la distancia infinita entre nuestro silencio y el eco que jamás llegará a retornar. En la voz de Jaime Labastida, el silencio del cielo tiene un ruido de espanto.

 

 


[i] Sofía M. Castillón Arancibia — Licenciada en Comunicación Social con orientación en Comunicación y Cultura, de la Universidad Nacional de Quilmes. Fotógrafa y reseñista cultural. Becaria de Estudio de la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires. Fue becaria de investigación por el Consejo Interuniversitario Nacional de Argentina, y de movilidad estudiantil para el programa de becas Santander y UNAM (México). Miembro de proyectos de Investigación y Extensión Universitaria del Departamento de Ciencias Sociales (UNQ).

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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