«El silencio», Teatro Del Presagio

Fotografías de Andrés Felipe Rivera.

El silencio, Teatro Del Presagio (Cali) en la VIII Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 21 de julio de 2016.

Nunca miente el rostro de los muertos

 

Por: Camilo Alzate

Antes de que los actores hubieran modulado palabra ya estábamos esperando aquella retahíla predecible de parlamentos larguísimos plagados de imágenes atroces, de cuerpos cercenados y cabezas rodando, de balaceras horrorosas, charcos de sangre, y también la infaltable colección de denuncias que a fuerza de repetirse les pasa lo que a esas palabras que dicen mucho y ya no dicen nada (“muerte”, “barbarie”…). Estábamos esperando, además, los cuatro o cinco lugares comunes sobre el conflicto. “Nadie sabe por qué la mataron”, dice una. “Algo debía”, dice otro. “Vendrán por nosotros”, replican. “No, no vendrán, no hemos hecho nada”. Lo hemos escuchado tantas veces.

¿Se podía encarar la violencia de otra manera en el escenario?

Claro que se podía. Si este era un montaje que echaba mano del recurso de la tras escena (sí, eso que supuestamente pasa en el teatro cuando el público no está mirando), los lugares comunes vendrían a ser el telón que cubre lo sustancial. Atrás ocurre una violencia más sutil y perversa, pero no menos humana, la de un grupo que se desintegra porque no encuentra el orden lógico de aquello que no tiene por qué seguir un orden lógico, como si acaso hubiera algo racional que explicara por qué los bandos enfrentados se matan. Toda guerra es fragmentaria y con frecuencia no tiene principio, ni fin coherente. Entonces los actores descubren, en un final que quiere imitar los giros más finos de Cortázar, que el libreto se les ha salido de las manos para envolverlos, y se les ha vuelto insostenible, como una maldición o una sentencia bíblica, casi un hechizo de paradoja brutal en donde el silencio será la única respuesta.

A los muchachos de Teatro del Presagio les pasó lo mismo que a una famosa novela de Evelio Rosero (que por obvias razones se parece mucho en imágenes y sucesos). Rosero intenta trazar la deriva de un personaje en medio de un pueblo asediado por dos bandos armados destrozando todo sin piedad, hasta que al final se rinde y su novela acaba sucumbiendo al estruendo de lo macabro, porque el autor pierde el control de los acontecimientos. Quizá acá suceda igual, puede que los actores intentasen una reflexión aguda e inteligente sobre el arte de la representación y sus cruces con el conflicto, pero el huracán de lo que pasa afuera acabó por destrozarlo todo. La guerra se les metió adentro y a lo mejor ellos no querían.

Y entonces cobra sentido el murmullo y el rumor anónimo, y los pasos a medianoche, y los ruidos tempestuosos en la calle, y la sensación tan nuestra –esa de la que abusó tanto García Márquez, pues le fascinaba– de que algo va a pasar pero no alcanza a suceder. Era el miedo, otro lugar común que no fue necesario pronunciar porque se olía en el escenario.

@camilagroso

Preguntas del teatro

 

Por: Albeiro Montoya Guiral

Hay un grupo de actores que deben ensayar una obra que no será estrenada, porque la mayoría de la gente del pueblo está muerta. La ausencia del director, quizás caído también por las balas de la guerra, y quien dejó la dramaturgia sin final, sumado a la constante pregunta de si los van a matar, como a todos, en algún momento, acentúa el carácter tragicómico de la presentación. Nos deja ver la intimidad de la actuación cuando es acechada por la muerte, las personas que en su drama humano, no estético, van de la necesidad de sobrevivir, a la mofa de las teorías y tendencias teatrales, pero un aspecto que se destaca sobre esto es la reflexión que se establece sobre la necesidad de actuar en tiempos de barbarie, y la vulnerabilidad del artista, su fragilidad de gota de lluvia contra la piedra del infortunio, si se quiere; como si, en un instante su sensibilidad lo pudiera salvar, y en otro lo hiciera más visible para el asesino.

La obra fue presentada como un trabajo sobre la violencia colombiana que, pese a llevar más de una década de estreno, continúa vigente. Y si miramos la historia de nuestro país ¿qué representación que aborde la violencia en cualquier época no nos resultaría vigente, no nos diría algo sobre nuestra descomposición? Lo que cambiaría cada vez sería el tratamiento del tema; unos grupos han salido a gritar su inconformidad y sus gritos se han mezclado con el ruido de los cañones a tal punto de que el espectador no puede diferenciarlos, otros han dejado ver con sutileza lo que pinta el mal, a oscuras, en el espíritu. Sin embargo, al ver «El silencio», pareciera que hubiéramos visto la misma obra muchas veces. En algún punto un personaje se pregunta para qué hacer teatro sobre la guerra si esta es el común denominador en la televisión, por demás, en la cotidianidad, y uno se pregunta con él qué cosa nueva nos trae esta pieza que lleva años repitiéndose, como su trasfondo, y ante el desgano, ante la incomodidad en la butaca, surge también la inquietud de saber si vale la pena buscar alguna novedad en el teatro como sí lo puede hacer uno con seguridad en algunos valiosos libros.

«El silencio». Teatro Del Presagio. Foto: Andrés Felipe Rivera.
«El silencio». Teatro Del Presagio. Foto: Andrés Felipe Rivera.

«El silencio» demostró, por otro lado, la tremenda experiencia de los actores, su trabajo meticuloso y su versatilidad. En un momento eran las personas del pueblo atemorizadas por el cerco del fuego, sin poder distinguir de cuál de los ejércitos salían las balas voraces, como en la novela de Evelio Rosero, y en otro se dejaban trasfigurar por la luz y nos revelaban lo poético, tal vez aquello que uno busca en el arte. Lo poético, ceniza o transparencia que dejan los humanos en  sus orfebrerías como constancia de su trasegar, como una burla al tiempo.

Nos deja el Teatro Del Presagio en esta oportunidad con la reflexión a flor de piel sobre el oficio teatral, y al hacer una cartografía de la violencia de este siglo en Colombia, nos siembra una serie de preguntas sobre los formatos y las puestas en escena de los temas que nos atañen o nos afligen. Bello es saber que una de las virtudes del arte no es responder inquietudes sino traerlas a la vida, y de igual modo bello es saber que las preguntas que siembra en uno el teatro no son hechas para responderse con palabras.

@amguiral

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

2 comentarios sobre “«El silencio», Teatro Del Presagio

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