El peleador

Muhammad Ali. Foto: Gordon Parks (ifitshipitshere.com).

 

 

Por: Alex Calderón *

Aunque no era la primera vez, temprano ese día El Champion había sentido ganas de matar a alguien. La victoria estaba asegurada, él lo sabía, su esquina también, y McClurkin tirado en la lona, haciendo grandes esfuerzos por ponerse de pie, podía sentir su derrota en los huesos. Pero ese golpe que El Champion recibió lo hizo vacilar. Sin duda no le había causado ningún daño, ni mucho menos. Había sido un revés flojo lanzado en un momento de desespero. Aunque sin fuerza, lo hirió mucho más fuerte que ningún otro golpe que hubiera recibido antes, ese débil puñetazo había tocado su orgullo. El Champion pensó que tal vez era hora de empezar a oír consejos y retirarse en la cima de su prodigiosa carrera. Ya contaba con el dinero suficiente para hacerlo; además, ni la fama ni la gloria fueron su principal preocupación. Unos gritos desde la tribuna lo devolvieron a la realidad. Allí, sonrientes, vio a Tony Agujas, Bob McCarthy, Leonard Ray y Chris. Sus viejos amigos de juventud estaban allí, como siempre. Les devolvió la sonrisa dejando al descubierto el protector lleno de sangre. De golpe se reencontró con sus cavilaciones. Retirarse significaría no volver a saber más de esto y poder llevar una vida casi normal; recoger los pedazos rotos de la que ya no quería y empezar una nueva sin cometer errores. El conteo llegó a cuatro, y las piernas de McClurkin respondieron. ¿Por qué ella había hecho eso? Él nunca se portó mal, ni fue mala persona; no con ella, jamás. De hecho, él era casi un santo en comparación a todos los otros que conocía en el gremio. Ella no recibió maltrato físico o verbal, nadie hablaba de ella a sus espaldas, no existía una mujer atormentándola en su vida privada y sólo tenía que abrir la boca para pedir lo que quisiera y que se hiciera realidad. Por su parte, él era un excelente padre, muy respetuoso y bueno con los niños, incluso con aquel que no era su hijo; El Champion no llegaba borracho a casa, no se quedaba la noche entera por fuera, no maldecía y a veces, con un poco de suerte, la acompañaba los domingos al culto. Desde la esquina oyó a Bruce dándole una instrucción final “Vamo’ con todo Champion.  ¡Acaba con esto ya ya ya!”

El conteo llegó a ocho y el otro estuvo de pie. El Champion se le abalanzó como una fiera. Dos, tres guantazos al cuerpo y tan pronto McClurkin bajó la guardia El Champion sorprendió la mandíbula descubierta y la atacó sin convicción; seguía pensando en ella. La inútil respuesta de McClurkin apenas si se sintió. Decidió darse un respiro y esperar a que el round se terminara, de todas maneras en esos treinta segundos nada iba a cambiar. Recibió puñetazos, enconchado pacientemente bajo sus poderosos brazos y mientras tanto, allí oculto ante la mirada de todo el mundo, quiso tener corazón para poder llorar.

“¿Qué es lo que te pasa, muchacho? Ese tipo no es nadie, ¡nadie! ¿Me escuchas? ¡Nadie!”. El grito le llegó desde su esquina pero El Champion no quiso saber por qué. De repente se le ocurrió que Bruce lo sabía todo y por eso le estaba diciendo esas cosas. No se refería a McClurkin, él hablaba de alguien más. En un descuido estúpido, McClurkin pilló el rostro del Champion. Recordó que estaba en medio de la pelea aún y se dio cuenta de que le había dado demasiado tiempo a un peleador tan mediocre como McClurkin, simplemente no estaba a su altura. La campana sonó frenética dándole el final al quinto asalto y le robó la oportunidad al Champion de acabar con su oponente de inmediato.

Sentado en la pequeña butaca de madera se resistió a beber agua, pero Bruce lo obligó. El asistente médico frotó la moneda con fuerza contra la protuberancia que se estaba empezando a formar junto al ojo derecho y lo advirtió con severidad, ese ojo no resistiría otro golpe más. “Además, ese tipo no es rival para alguien como El Champion”, dijo. Bruce le ordenó curarlo y callarse la boca, ese era su trabajo, nadie le pagaba por opinar. El Champion seguía oyendo varias voces y la gritería de la multitud, pero él no estaba allí. Despacio volteó la cabeza y la buscó en la tercera silla de izquierda a derecha, de la segunda fila detrás de su esquina. Cuando ella vio que El Champion la estaba mirando se dio cuenta de que él ya lo sabía y tembló al imaginar qué tanto podía saber. Aunque El Champion no lo percibió, ella miró a McClurkin con mucha preocupación.

Un nuevo asalto, un nuevo comienzo. McClurkin parecía otro. Sus golpes empezaron a ser más y más fuertes; poco a poco su cuerpo fue ganando agilidad. ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cómo? El Champion seguía martirizándose enterrado en su paranoia sin pensar más en la pelea. Otro brutal jab de izquierda de McClurkin machacó el ojo derecho del Champion y por fin éste reaccionó. Pensó en ella, si también gozaría tanto con ese como lo hacía con él mismo, se imaginó sus gemidos de goce en otros oídos, su sudor mojando otra piel, su cuerpo vibrando por otras manos, otras caricias y otro cuerpo que no fuera el suyo. Él era El Champion y ella le debía todo, todo y mucho más. Enfurecido deseó tener de frente a ese; pero sólo estaba McClurkin y de todas maneras alguien tenía que pagar. El puño voló impetuoso en busca del fallo de la defensa, los brazos del rival se abrieron impotentes y le permitieron pasar a esa velocidad infernal que llevaba. Alcanzó el mentón por la parte de abajo. El Champion notó el color blancuzco en los ojos de McClurkin antes de despedirse por última vez en un nuevo viaje a la lona.

No lo celebró. Sólo se quedó allí, inmóvil, dando por cerrado el combate. Ya no tenía ganas de pelear más.

De inmediato el referee y la esquina del abatido corrieron en su auxilio, mientras Bruce y los demás llegaron hasta donde estaba El Champion, en una alegre danza de la victoria. El Champion abrazó a Bruce. “Dime que tú no sabías nada”. Sin entender, Bruce lo abrazó de vuelta y empezó a llorar como un niño pequeño. El ring se llenó de una multitud efervescente tras el golpe final del Champion. Los paramédicos hacían lo que estaba a su alcance para hacer reaccionar a McClurkin, y a pesar de que algunos miembros de su esquina estaban preocupados por todo el alboroto, El Champion apenas si prestó atención y se fue adonde ella. Ya no estaba llorando más, ella sí. Maldijo el día que buscó una esposa gringa, y por primera vez le habló en su inglés rudimentario unas palabras que ella logró entender. “I hate myself for loving you”.

* Alex Calderón. Bogotá, 1978. Escritor y profesor universitario. Producto 100 % de la Universidad Nacional de Colombia, donde estudió Filología e Idiomas y finalizó su Maestría en Escrituras Creativas; allí trabaja y vive y, según lo ha contado a sus más cercanos, allí espera morir algún día.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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