Receta para cocinar un cerdo

Fotografías de Andrés Felipe Rivera.

«Monólogo para dos actrices y un cerdo con gastritis». Colectivo Alebrije (México). IX Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 25 de julio de 2017.

Por: Elbert Coes

Un hombre puede constreñir a otro para que ejecute u omita un acto. Se dice que entre una pistola y la posibilidad de rendirse existen otras cuarenta y tres opciones diferentes. No debí ser el encargado para esta reseña, pero la vida tiene su lado irónico y a todos nos salpica, aunque sea harina.

Desde que tengo facultad laboral, el noventa y cinco por ciento de las veces en que me he empleado —algo a lo que francamente soy reticente—, ha sido a cargo del Estado. Supongo que ahora los dioses ríen con el mismo sarcasmo de las voces del Monólogo para dos actrices y un cerdo con gastritis. Es cierto, el arte no es para todos, lo mismo opera para el trabajo burocrático. Tanto en el arte como en la vida rutinaria hay que tener cierta maleabilidad del carácter, hacerse el pendejo en ocasiones y ser medianamente soñador. De poetas y mandones todos tenemos algo. Sino, que alguien me explique cómo es posible que dos mujeres hermosas vestidas de naranja —color de vestuario demasiado ebrio para oficinas gubernamentales—, presas del sistema, pueden gritar a todo pulmón una canción y un largo soliloquio lleno de diatribas, sarcasmo y  absurdos.

¿Cómo se le llama al miedo a trabajar en un despacho durante ocho horas no continuas? ¿Burosfobia?

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Fotografía de Andrés Felipe Rivera.

El arte debe cargar con su propio peso, uno de sus gramos es la mediocridad; lo mismo aplica para el buró, la corrupción en el mejor de los casos. El arte clama en cada esquina con cierto deje de sabiduría, el buró se tapa los oídos para hacerse el ciego. Tal vez fuera ese sisear de A-Z en el estante lo que despertó mi atención, sonido y silencio contundente. La monotonía de la vida expresada sin palabras. Estoy seguro de que la obra teatral me hubiera carcomido las entrañas con tan solo los actos de sus personajes  y —lo admito— con dos o tres máximas. Quitarle al título lo de “monólogo” y dejar a las actrices, el cerdo y toda la utilería oficinesca sería, en mi fuero, un logro enorme. Tanta palabrería lugareña y repetitiva hizo que la obra, incluida la participación “democrática” del público/ciudadano, se convirtiera en aquello que la misma obra critica: politiquería y religiosidad.

Hay dos cosas que no puedo sacarme de la cabeza, ambas tienen que ver más con el silencio que con el ruido. Ese sisear de las A-Z y el instante en que, con cierta valentía, la voz de aquel personaje que hace de consciencia rememora su pasado doloroso; momento que pudo haber sido el nirvana de la obra, pero que fue sacrificado en pro de repetir un discurso ya suficientemente manoseado. El sistema no es un monstruo. Es tal vez como la sal. Si se consume en exceso, corroe al organismo. O no, no es como la sal. Más bien, como cualquier producto que se consuma en exceso, llámese chuleta de cerdo o cerveza en lata.

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Fotografía de Andrés Felipe Rivera.

El Monólogo para dos actrices y un cerdo con gastritis nos cuenta de unas personajes que se enfrentan a la disyuntiva de su trabajo, primero siguiendo el patrón de comportamiento del empleado corriente y luego revelándose contra el sistema. En su travesía —de estructura no ausente sino confusa— aparece la acompaña aquella que podría ser la voz de su consciencia, que con cierta honestidad expresa los miedos, rememora y deja entrever su anhelo de libertad, y también de aceptación.

Si bien se teje un hilo argumentativo que incluye el estado anímico, esta es una de sus grandes deudas. Pese al diálogo con la modernidad, en ocasiones excesivamente lírico y ambiguo, y al hecho de interactuar con el espectador, por tratarse de una crítica intelectual, esta no logra conectar con las emociones. Sin embargo, de aquí mismo surge su fortaleza: la denuncia es clara y contundente, y gracias a la relación de las actrices con el público, cada individuo aprehende la intención, para lo cual el espacio circular y pequeño, resulta ser una ventaja. Estos momentos de interacción, que no son muchos ni insuficientes, hacen del monólogo una obra multidimensional, donde las medidas geométricas, el dinero real, el conteo de folios, fraseos como “el instinto es un anticuerpo”, palabras con la letra Ñ, la analogía entre las marcas Baco y Acme, una llamada en vivo, acaban siendo grandes aciertos. No solo rompen con el discurso veloz y argumentativo, sino que además muestran la realidad haciendo de la escena un ejercicio lúdico. En esto radica su originalidad.

La fuerza de las actrices del Colectivo Alejibre de México, el sonido de sus tacones al andar, la diferencia entre la tonalidad de las voces, la rebeldía expresada a través de la música, son herramientas inmejorables.  No nos encontramos ante una gran obra, por supuesto. No nos conmueve, no hace brotar una lágrima y su humor es predecible y aburrido. Pero es elegante, es creíble e inteligente, a lo que se suma su propuesta para abandonar el marco del escenario, expandiendo la escenificación. Son novedades que sin duda enriquecerán el teatro local.

No son favorables los cambios de ritmo, a veces estrepitosos, y el tratamiento del tema pudo haber sido más sutil y menos discursivo. No obstante, hay que tener en cuenta los tonos del gris para apreciar el Monólogo para dos actrices y un cerdo con gastritis (cerdo que pasa bastante tiempo regodeándose en su lodazal). En cuanto a este, propongo mi receta para cocinarlo: entre una pistola y la oferta de rendirse hay otras cuarenta y tres opciones posibles. Incluyo el teatro como arte que se mofa de lo cotidiano y el buró para comer y beber y, de vez en cuando, si apetece, viajar y vestirse de traje.

¿Qué puedo hacer? Soy un cerdo diplomático.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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