Esperando del otro lado de la oscuridad

Imagen: Kaz_Ngo

Antes de dejarse llevar por el cansancio, Steve sacó la moneda de su bolsillo y, al cabo de varios minutos y con una paciencia inusual, logró dejarla parada sobre de la mesa de noche. Tomando extremas precauciones para no hacer movimientos bruscos se sacó los zapatos, apagó la luz, se escurrió dentro de las cobijas y procuró conciliar el sueño antes de que la moneda perdiera su precario equilibrio.
Extraños pelajes, Adolfo Villafuerte, Editorial Camelot América

Uno quiere asentarse en una palabra que no conoce o quiere tumbarse por ahí a escuchar la luz menguar, o tiende a buscar un resquicio por el cual otorgar memorias al espacio, al estrecho espacio en el que ha, de pronto, caído, no entrado; uno ha caído. Repararse no solo será una hazaña, será, por fuerza, una decisión intolerable e incomprensible. Uno sabe que ha cruzado un túnel de la noche a la noche o de un cuarto estrecho a uno más cerrado, más opaco, más callado. Ello, empero, no es un ademán de renuncia o de abandono, es la posibilidad de mirar al mundo por el envés. Ahí la potencia de la prosa de Adolfo Villafuerte. Sí, se ha leído el libro. Sí, como una trampa, las atmósferas recónditas, policromas en claroscuro de sus mundos se han cerrado con un chasquido seguro y tenebroso y han apresado nuestra esperanza.

¿Acaso la literatura es una fuerza que busca desbandar las hórridas y lacustres certezas con que nacemos y procuramos arrastrarnos por la vida? Villafuerte, con una mano espesa señala un sifón; comprendemos que la literatura es, también, el negativo de las situaciones: aquello que reverbera tras la mirada, tras la voz, debajo de la piel, más allá de esa calle que quiere llamarse ciudad o mundo. Las miniaturas recogidas en Extraños pelajes, libro de relatos que se configura como un grimorio de saberes ignotos, se desdoblan y desmontan como una caja china, como el cubo de los Cenobites de la serie de horror Hellraiser y liberan una luz negra que no es maldad, que no es evasión, que no es suspenso, acaso una luz que eclipsa nuestro estado.

Para superar las temperaturas que ofuscan, Villafuerte aconseja llenar el horror vacui con blackmetal, Memoria Vetusta III de Blut Aus Nord, preferiblemente. Para, umbroso transitar el nadir bajo esa noche desesperada, uno elige Ulver y se arma, no de valor, de rencor y monstruosa calma; deriva uno la mirada a una puerta que es infierno en un jardín suburbano; desliza uno los porosos dedos sobre la húmeda superficie de confusión y lamento, e indecisión de los personajes que el escritor ha conjurado. No hallaremos socorro, catarsis, profiláctica respuesta al ahogo; encontraremos, como en el cuento Anochecer, de Asimov, una noche que nos aplasta, que no comprendemos porque no hay nombre para ello.

Gota a gota, zurciendo sustantivos con adjetivos impares, Villafuerte, alto como una torre que se inclina peligrosa, amenaza con una ironía sutil, se burla de su mundo, alarga el brazo que barre con la distancia y nos abisma en los contornos fulgurantes de un mundo que no se decide a ser, pero que no deja de ramificarse, como una enfermedad, como un meandro de raíces afiebradas que lo sostiene todo.

Uno es un gusarapo que limpia una bañera; una mujer que espera; un elemento de la taxonomía dictada por el cosmos; un ser que ha querido pasar sobre una cerca y se ha quedado estacado a lado y lado, y solo le cabe esperar a partirse por la mitad, como lo pone Jim Thompson en The Killer Inside Me; uno es ese hombre que se queda petrificado en mitad de la habitación con los brazos estirados intentando alcanzar la puerta y el teléfono en sitios opuestos del cuarto, como quiere David Foster Wallace en Infinite Jest, porque hay formas disímiles de tolerar la impávida realidad; de fondo, los siete minutos de «Untitled III» de Lyckanthropen Themes laten tras el entramado de esa pausada voz que es Adolfo Villafuerte, y salir de aquí será difícil. Será muy difícil.

Roberto Segrov

No dormimos esa noche. Ni los médicos, ni mi madre. Tampoco yo, cuando supe, era demasiado tarde, ya había nacido. 1 de Mayo de 1980. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en la sala de mi casa con nueve años. Leía a Kafka y me desconcertaba con La transformación. El mundo se conmocionó, habían volado el edificio del DAS. Aquello me marcó para siempre: Literatura y Violencia y la forma en que ambos discursos modelan nuestra identidad, no solo la colombiana (por demás ilusoria), sino, la humana. Como Borges, no me envanezco de lo que he escrito sino de lo que he leído. He encontrado la forma más eficaz de conjurar la violencia existencial, primero, las artes marciales, luego, la literatura. En mi panteón de dioses tutelares, como para Roberto Bolaño, Borges es Dios, de ahí para abajo, en un orden perfectamente anárquico están Hemingway, Clarise Linspector, Kafka, Emily Dickinson, Sábato, Carolina Sanín, Clarice Lispector, D.F.Wallace, Flannery O'Connor, Faulkner, Katherine Mansfield, Lovecraft, Poe, Ásimov, Cortázar, Rulfo, Saer, Bolaño como cuentista, Fredy Chikangana, Bolaño como poeta, Bolaño como novelista, Bolaño como actor porno y como vago. Desprecio la literatura colombiana a no ser que el escritor lleve por nombre García Márquez, Fuenmayor, Rojas Herazo o Marvel Moreno. En el cine soy omnívoro. En la música, adicto ecléctico con tendencias al metal finés y al Death Metal Melódico de todo pelaje.

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