‘Leopoldo Castilla: un poeta de verdad’: Ivonne Bordelois

Imagen: Masdevallia sp. Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. CSIC.

 

Presentamos en nuestra edición de febrero de 2019 dedicada a la Selva, una selección de poemas de Leopoldo Castilla, de su libro Gong (Canto al Asia) del año 2012. Asimismo, incluimos estas palabras de Ivonne Bordelois a propósito de su obra y de su poética; un diálogo entre poetas de Argentina que nos devela las claves de la mejor poesía que se escribe en Latinoamérica en la actualidad.

Estas palabras fueron leídas por la poeta en noviembre de 2018 en el marco de la Serie de Lecturas FROST, organizado por la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad Nacional Tres de Febrero, en Buenos Aires.

 

Por: Ivonne Bordelois

Yo estoy de verdad muy feliz y me creo privilegiada por estar en este preciso lugar y este preciso momento para enunciar algo que me parece necesario pero que de algún modo parece resistirse a la evidencia, quiero decir que cuando uno está frente a esa  epifanía extraordinaria que es la presencia de una verdadera poesía, de un poeta cierto, un poeta no disfrazado, no inventado, cuando algo así encuentra un sitio auténtico y una escucha legítima, hay razones para alegrarse y  para crecer en el convencimiento de que en esta ciudad donde se pretende reducir a andrajos a la cultura, todavía hay ocasiones de luz y de esperanza y de fe suficientes para sostenernos en nuestro diario y difícil vivir.

El garante de esta felicidad es el Teuco y esa trayectoria suya que lo designa como un meteoro excepcional  en la noche oscura que caracteriza a mi modo de ver a gran parte de la poesía de nuestra época. Aquí debo decir que me siento un tanto tensionada, primero porque debo enfrentarme con una de las grandes virtudes del Teuco, acaso algo escondida, que es su natural modestia que no aguanta demasiado jaleo de alabanzas, peor si vienen de alguien como yo, que tengo la suerte de ser una de sus amigas más próximas, y por lo tanto puedo despertar con mis dichos las más malévolas desconfianzas. Pero pienso que la poesía puede ser y es uno de los sustratos más ricos de las amistades más profundas, y quiero mostrar aquí en qué consiste ese sustrato, para que ustedes también puedan entrar en esa correntada de  empatía que despierta irrefrenablemente el vuelo de la palabra del Teuco.

Y como creo que si hay algo perfectamente inútil es tratar de presentar la poesía, que es pura presencia que se presenta sola, y como confío en las  grandes dotes verbales del Teuco, que no sólo es poeta sino gran recitante, trataré de ser breve y sencilla y remitirme a algunos puntos fundamentales que me parecen sustentar la poesía del Teuco.

En primer lugar, el Teuco se desprende desde el principio de la muy valiosa y poderosa tradición de la poesía norteña —encarnada en gran medida en su padre, ese enorme poeta que fue Manuel Castilla— y  emprende el camino centrífugo,  volcándose a su destino predilecto: el viaje. Un viaje inagotable, inmenso, como si Leopoldo Castilla precisara la lectura de todos los paisajes de todas las comarcas de la tierra para comprenderse y saberse a sí mismo. Pero hay una brújula: “Para cruzar el infinito / hace falta una infancia”.

El planeta que describe Leopoldo Castilla es territorio enemigo de todo afán de tarjeta postal: es enorme, desamparado, deslumbrante,  indescifrable —todo a la vez. Produce terror y admiración, éxtasis y  rechazo, pavor y amistad, y nos deja  iluminados y transformados al mismo tiempo. Porque su viaje no es el viaje de Baudelaire en busca de un exotismo sensual que sacuda y exorcice el spleen de la ciudad moderna,  y no es tampoco el viaje del turismo contemporáneo en clase ejecutiva. Es, por el contrario, un viaje que desafía y ataca de raíz la globalidad,  el afán de dominio del espacio y la instalación de un paisaje homogéneo y tiránico, porque tiene un sesgo cósmico, el ademán que representa  la audacia de la aventura humana, el crecimiento frente a lo nuevo, la irrupción en lo desconocido, la gestación de una alabanza titánica que no esquiva las miserias de la historia pero las somete al contraluz de un universo en desenvolvimiento que espera y exige nuestra continua resurrección.

Viaje siempre iniciático que nos empuja a un espacio extraño y sagrado donde nos reconocemos distintos pero cada vez más cercanos al centro de un universo más real, de espanto y maravilla. Es bueno saberse otro, y el Teuco se  desliza en la otredad con gran ademán y soltura de viento arrastrándonos y alzándonos a todos. Y no se trata de un viaje meramente geográfico, sino de una nueva exploración dentro del lenguaje mismo, que  cambia según su mirada va avanzando por el cosmos y va conformando una nueva poética —una poética de la esperanza.

Y la música que elige el Teuco para este viaje permanente —que no sólo es propósito de su escritura sino de su vida misma— es una extraña fusión de dos pasiones acaso contradictorias: la celebración y la compasión. Aquí se trata de una especie de compasión horizontal que lo lleva a no ocultar ni perdonar los horrores a su paso: el hombre que arrastra a su mujer anciana en un carrito “como si la hubiera comprado en la feria de la muerte”. Una compasión penetrante que se atreve a una historia desnuda y a veces aterradora, a la pobreza más pobre, a la intemperie más descampada, al desconsuelo de los más ignorados, de los más abandonados. A la sobrecogedora letanía de la Patera. Al impronunciable terror de Auschwitz: “en esta mancha del jergón de paja/ se disolvió el niño/ al mamar la tiniebla de su madre”. Es tan difícil fundir, en la visión y en la palabra, la miseria y la belleza. Entre nosotros, yo no sé de ningún otro poeta que pueda transmitir esa nota del modo escalofriante en que la entona el Teuco. Porque además de la compasión, se alza la celebración,  su veta natural,  enlazada con esos nombres maravillosos que aparecen en sus páginas como esmaltes fuertes, como relámpagos despampanantes.

Pero este no es un mero catálogo de seres y lugares: una misteriosa correspondencia nos une: “¿Dónde está Benarés/ sino en todo lo lejos que estamos de nosotros?”  “Si miras esta amapola/ la amapola se salva”. Y  la comunicación no se da sólo en el espacio, sino también en el tiempo: los arrieros fantasmales de Laos nos transportan a la Edad Media, en un embrujo del que nunca pudieron apartarse. Hay un destino ecuménico en la mirada del Teuco, que reúne en un mismo poema al Xangó de las bahianas, el Orula de Santiago de  Cuba, el Vishnú de Bali “como una luna esperando el regreso del cielo”, la Pachamama y el Señor de los Milagros de nuestro Norte. Pero no se abre un fácil paraíso al pie de este encuentro de dioses  porque el Teuco practica lo que yo llamaría una suerte de escepticismo apasionado: “Estamos todos ocupando todo/  No falta nadie/ Y, sin embargo, la mesa está vacía.”

Y no sólo es alabanza la suya, sino también ese no entender cómo renace la selva desde la inundación, cuando todo parece darse vuelta quedando en pie y nosotros absortos sin nada comprender nunca.  Porque el Teuco no celebra incondicionalmente: una angustia crepuscular, de un crepúsculo sin dioses,  sombrea los tonos inquietantes de su Manada. Su palabra atestigua lo oscuro sin pretender aclararlo, sin trivializarlo  en maniobras juglares o experimentos posmodernistas. Y acaso en lo oscuro se esconde su corazón más cierto, tan solitario y silencioso tras la poderosa lluvia de sus palabras.

Celebración, sí, pero no bobería. El pincel de Leopoldo Castilla inquiere, a través de los viajes, las guerras, la biología, la física y la metafísica de nuestros días, el nuevo rostro del mundo que vendrá. Está solo en su dimensión de vigía del futuro; ajeno a toda moda, a todo amaneramiento, a toda imitación. Interroga el espacio, la historia y la fe de los hombres desde un joven asombro ajeno a los rituales de admiración canónicos, pero también despojado del cinismo posmodernista y su escepticismo, y eso ya es mucho y es raro y hermoso y latinoamericano en lo mejor de sí mismo, me parece. El Teuco sacude como un gigante airado esa melancolía nostálgica romanticona que tanto nos esteriliza y se va con  grandes zancadas por el mundo  relatando, adivinando, profetizando, limpiando y alumbrando el horizonte. Hay mucha fuerza y arrojo en esta poesía, como si apareciera un gran Picasso de nuestras letras avanzando a pasos gigantescos, con delirios de inmensidad y trinos de ternura y grandes carcajadas y finas sonrisas por nuestro continente.

Pero acaso ese sea el problema —yo lo veo en la Argentina como un profeta predicando en el desierto—, tan llenas están nuestras orejas de cera europea y norteamericana. Él es más latinoamericano que argentino y eso se paga caro en nuestro país. Puede ser —ojalá fuera— que esté perforando un abra en la selva porteña, pero todavía queda mucha maleza, mucha malicia, muchos malos y malitos y malditos  alrededor. Qué falta de salto, de bravura en la poesía argentina contemporánea, cuánto lamerse las heridas sociales o personales, qué carencia de novedad, de aliento universal que nos lleve lejos de la novia perdida o los padres añorados, qué falta de algo que nos conduzca a lo verdaderamente extraño, extrañamente verdadero del mundo. ¿Quién retoma el Neruda de “sucede que me canso de ser hombre” o el Vallejo de “pero el cadáver, ay, siguió muriendo”?

Falta, fuertemente  falta el aire—aire  del mundo y de la historia y de la mente y el espíritu de hoy en nuestra poesía. Como decía el Viejo Borges, por carecer de las tradiciones occidentales aplastantes, los argentinos tenemos mejor derecho a la universalidad, pero qué mal lo  ejercitamos. Y aquí viene el Teuco como un ciclón de viento fresco a despertarnos con una poesía cósmica que nos arroja al espacio de un nuevo  universo.

Eso me parece, no sé si él también lo siente así, no sé si acaso por eso viaja tan desaforadamente por el mundo.

No es un azar, por lo tanto,  el que su figura sea más reconocida en el extranjero que en su propia casa, porque de algún modo se ha consagrado como extranjero radical, desde una mirada insobornablemente distinta. A pesar de su no renegada pertenencia a su Salta natal, como lo demuestran sus preciosas coplas, a pesar de su acento inconfundiblemente sudamericano, Leopoldo Castilla es hombre del Universo, peregrino de  una indecible aventura de absoluto. No se le reconocen influencias, no se le descubren escapatorias; los premios merecidamente cosechados no lo han convertido en monigote mediático ni en árbitro supremo entre los frívolos. Ir escalando su antología es avistar un panorama de esperanza en la tan desdichada poesía de nuestro tiempo, tan enredada  en cálculos mercantiles y en falsos prestigios prefabricados.

A mí la poesía del Teuco me consuela del mundo, me lava de la historia, me limpia de este alud de basura que me parece a veces la realidad me arroja a la cara todas las mañanas. Me da aire y mundo donde todo y todos me los quitan, y evadiendo el tumultuoso vértigo electrónico y la árida y engañosa parábola de la globalidad, me  da vida, me da universo cierto entre grandes bocanadas de silencio. No sé de otro poeta en el mundo —no creo que lo haya en Europa o en Asia, en África o en América—  tan titiritero y andariego, tan pájaro migrante sediento de horizonte como el Teuco.

Por eso, más que una presentación, creo que ésta debe ser una acción de gracias. Gracias por una poesía que se desprende de los minimalismos, abstraccionismos, coloquialismos, populismos, folklorismos, lunfardismos, hipertextualismos y demás cataclismos que hoy pueblan el horizonte fashion y mercantil de una mal llamada poesía argentina. Acá respiramos y recuperamos la libertad de la gran poesía  latinoamericana y mundial, la que prosigue y trasciende el aire de los grandes que nos  preceden y nos rodean —Neruda, Borges, Paz, Manuel Castilla, Jorge Leónidas Escudero— pero también Cavafis, pero también Montale, pero también Pessoa.  Una poesía que asimismo traza la libertad  y la novedad de los misteriosos tiempos por venir.

Hay una ráfaga de pureza y  novedad inconfundible que nos viene de estos versos, como si una aurora austral nos devolviera la confianza en la palabra. La poesía no puede salvar al mundo, pero puede acompañarlo en su destino más profundo y más alto. Y esa es, precisamente,  la virtud que resplandece en la obra insoslayable del Teuco Castilla.

Ivonne Bordelois
Buenos Aires, Argentina, noviembre 2018

 


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Foto: Valeria Furman.

Ivonne Bordelois. Poeta y ensayista. Se doctoró en lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts con Noam Chomsky, y ocupó una cátedra en la Universidad de Utrecht (Holanda). Recibió la beca Guggenheim en 1983. Ha escrito varios libros, entre los cuales se destacan El alegre Apocalipsis (1995), Correspondencia Pizarnik (1998) y Un triángulo crucial: Borges, Lugones y Güiraldes(1999, Segundo Premio Municipal de Ensayo 2003). En Libros del Zorzal ha publicado La palabra amenazada (2003), Etimología de las pasiones (2005), A la escucha del cuerpo (2009) y Del silencio como porvenir (2010). Ganó el Premio Nación-Sudamericana 2005 con su ensayo El país que nos habla.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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