Musicalidad, oralidad y escritura en la narrativa de Miguel Ángel Asturias

Imagen:Intervención digital de Daniela Gaviria. 

 

Presentamos en nuestra edición de diciembre: Músicas, un ensayo de Yubely Vahos* que nos hace reflexionar sobre la aparición de la música, y de las concepciones musicales,  en la obra del Premio Nobel de Literatura guatemalteco.

 

Decir que en Europa desde inicios del siglo XVIII se masificó la revolución de leer en voz baja que, ya en los estertores de la Edad media se insinuaba en los scriptorium de los monjes; que esta trasformación en la modernidad había empezado a hacer carrera entre el puñado de nobles lectores y mayormente en la burguesía que, mientras aprendía a darle alcurnia a sus ganancias, más libre de las ataduras señoriales de la nobleza, ayudaba a modificar la cultura europea, es llover sobre mojado. En contraste, no es utilería narrativa recordar que, en América Latina, la multiplicación numérica de figuras solitarias con la mirada vuelta hacia las páginas de un libro, moviendo apenas los labios para seguir las palabras o con la boca inmóvil, es una postal que se nos tornó familiar desde entrado el siglo XX.

A esta singularidad contribuyó el paso rengo y a veces mutilado con que la formación en lectoescritura avanzó por los rincones rurales de los países de nuestro continente; pero ella fue causa, entre otras, de un desarrollo peculiar de los mecanismos que hicieron posible la creación de identidades culturales y comunidades de ideas. No es necesario remitirse al Antiguo Régimen para imaginar grupos de hombres y mujeres sentados en círculo escuchando la prensa de labios de un lector, porque fue de esta manera como cada país latinoamericano aprendió a reconocerse en las ficciones fundacionales que les dieron cuerpo a estas naciones en construcción entre fines del siglo XIX e inicios del XX.

Los textos concebidos para la escucha fueron urdidos con una cadencia cercana a la que adquiere la palabra cuando se torna canto o verso, cadencia que mantenía la atención de quienes escuchaban; fueron ricos en imágenes y diálogos que convocaban la imaginación y las emociones e, incluso, abundantes en repeticiones métricas y fórmulas, que a semejanza de las empleadas en la Ilíada (creación para ser cantada por los aedos), las obras de los trovadores provenzales del medioevo o el Quijote, facilitaban la absorción mnemónica de parte de su contenido.

Sin embargo, cuando el lector avanza por las líneas de Hombres de Maíz, la novela de Miguel Ángel Asturias, se siente trasportado a ese mundo de la oralidad y sucumbe a la tentación de romper el mutismo lector, hacer pequeñas rebanadas en el aire con su voz e insuflar de vida fragmentos como: «Y oyó, con los hoyos de sus orejas oyó: —Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el monte, conejos amarillos en el agua guerrearán con el Gaspar. Empezará la guerra el Gaspar Ilóm arrastrado por su sangre, por su río, por su habla de nudos ciegos…»

Advertir este retorno a una tradición literaria no tiene el propósito de poner la obra de Asturias en una balanza con las novelas de un autor que ha optado por sumir al lector en una reflexión honda, solo posible mediante la relectura en silencio y que lo han deslumbrado con discursos y monólogos, cuya fuerza radica en conducirse por la senda del pensamiento; de lo que José Donoso, Juan Carlos Onetti —que aunque nos embelesa con algunos párrafos de un lirismo musical— y Alejo Carpentier constituyen claros ejemplos. Señalar este juego con la palabra es resaltar la maestría de un escritor que supo unir la reflexión y la denuncia con la musicalidad, en páginas que asaltan el pensamiento con la fuerza de una de esas tormentas narradas en la obra, que lo sume en un torrente de espasmos y que lo lanza contra sus orillas hasta hallar salida por la voz, para retornar magnificado a través de los oídos.

La musicalidad de la obra no ocurre a expensas de la fuerza narrativa. Asturias no se entrega a la descripción envolvente y rítmica de un universo tejido por la interrelación de lo indígena y lo mestizo, ni nos pasea por el misterio de la herencia Maya en la lengua, los ritos y las tradiciones propiamente originarias con el exclusivo propósito de deleitar. El guatemalteco evita a toda costa construir su tragedia sobre los efectos de los grandes cultivos en la tierra y en el juicio de los seres humanos a la manera en que los pintores costumbristas suelen hacerlo: es decir, difuminando hasta ocultar los dramas de la vida entre una serie de tipos ideales, seleccionados por el pintor del conocimiento y las expectativas del grupo al que se dirige, a fin de que los suyos logren fabricarse una idea clara del «otro».

Y es que Asturias entrama con un discurrir de tiempo circular y espacios múltiples, un laberinto de voces y cocuyos que nos permite sentir esa Guatemala telúrica y en sus resquicios aquellos seres que viven y mueren atados a ella. De manera paralela, el autor nos participa a través de la escritura de una espiral que inicia con el sonido escuchado y reproducido, para extenderse con la palabra, la conversación, la grafía; invitación que nosotros aceptamos cuando lo recorremos a la inversa y permitimos que lo plasmado en el libro nos llegue, sonoridad primigenia entrando por nuestros oídos.

La palabra hablada es la savia nutricia que bebemos nuevamente en contacto con el universo discursivo de Asturias, un retorno a la oralidad en el que el autor parece haber recibido las llaves de los portales de la percepción sensorial: crujidos con aroma a hierba cortada, animales cuyo canto suena en su agitar del río o el olor al fuego que puede palparse, nos asaltan con el derroche gestual y descriptivo de quien en medio de la concurrencia toma la palabra, desde un espacio situado más allá de las páginas y nos narra los hechos que le fue dado percibir. Esas puertas permanecen entreabiertas durante cada página, pero de súbito el guatemalteco las abre de par en par, ya para envolvernos con la belleza terrible de la violencia a la que de acuerdo a San Agustín ni los primeros cristianos lograron sustraerse en el Coliseo, ya para que nos untemos del limo espeso de un erotismo animal, doloroso, ciego. «Y más que sus otros sentidos, el olor. El pelo de la María Tecún con huele de brasa de ocote recién apagado, retinto, lustroso y fino, y los senos como ayotes-tamalitos, que le abarcaban todo el pecho, y las piernas tuncas y rechonchas y el empeine amosetado. Olía a la María Tecún en su interior y sentía a la otra mujer, fuera de él, bajo su cuerpo, en medio de la noche barrida, estrellada, infinita».

No es una voz única la que habla en Hombres de maíz. Si pudiéramos reproducir las horas de conversación nocturna de un grupo de hombres golondrina que, culminada la faena de recolección de arroz, maíz o café conversaban desde sus esteras, alumbrados por los cigarros y calentados por el aguardiente, sus voces distintas, a causa del tono del relato, la procedencia o la edad, tendrían una polifonía similar a la de los Hombres y mujeres de esta obra. Asturias reservó una forma de hilar las palabras, un lenguaje y una cadencia particular para cada personaje; no se trata de los matices en los discursos que delinean las sicologías individuales, porque ello hace parte del arsenal narrativo de todo buen novelista, sino de cómo pese a las bridas que la escritura le impone a la oralidad, en el indio vestido con el amor de recién casado, en el coronel de mando cortante y cabeza poco dispuesta a los agüeros, en el hacendado corroído por los efectos sobrenaturales de su traición a un cacique, o en el adulto que en materia de lectura permanece niño y junta una a una las sílabas que componen las cobijas de letras, encontramos una voz propia, en el sentido sensorial de la expresión. «San Miguel A-catán. Te-le-grá-fi-ca-men-te in-for-man que el correo re-gu-lar, Di-oni-si-o Aqui-no Co-jay, des-a-pa-re-ció con dos sa-cos de co-co-rrespondencia».

Los presupuestos que guían la obra de Asturias en general y Hombres de maíz en particular no pasaron desapercibidos a los ojos de los críticos. Gerald Martin anunció que Asturias fue «el primero en aclarar con su obra la distinción entre la literatura latinoamericana  europeizante en sus formas y contenidos, y una nueva literatura latinoamericana de intencionalidad tercermundista» y que Hombres de maíz constituyó una «prematura transición hacia algunas de las prácticas discursivas» que en este momento se asocian con el postmodernismo literario. Pero no todos los comentarios tuvieron un cariz positivo. Agustín del Saz concedió que la novela poseía un lenguaje sinfónico, argumento esgrimido con reserva porque, desde su perspectiva el interés del lector se fatigaba en la ausencia de una clara arquitectura novelesca y de una trama coherente. Otro crítico, Fernando Alegría, SE NEGABA A VER Hombres de maíz como una novela y le otorgaba el estatus de poema en prosa de difícil lectura por su estilo simbolista. Finalmente, Seymour Mentón sostenía que la obra estaba plagada de joyas individuales, aunque sus partes eran ruedas sueltas (citados en: Bellini, 2006).

En un punto coinciden los críticos: reconocen la ligazón entre esta novela y lo poético.  Y es justamente esa relación la que le otorga el gusto de la oralidad a Hombres de maíz. El guatemalteco fue crítico de las desigualdades sociales de su país y se aplicó a la búsqueda de la riqueza espiritual de los más desprotegidos de Guatemala, que eran los indígenas; un camino que lo condujo al rescate de sus tradiciones literarias precolombinas y coloniales, mientras que se zambullía en su cultura viva y cambiante. De este ejercicio intelectual, Asturias extrajo un acervo de relatos y formas lingüísticas orales, en tanto que su hacer poético le brindó una comprensión de experiencias oníricas, el utillaje musical y la arquitectura de  imágenes para construir un mundo narrativo propio que nos llega a través de la escritura, pero nos introduce en el reino sonoro de la palabra indígena y mestiza.

 


* Yubely Vahos nació en Cisneros, Antioquia, en 1996. Es historiadora y poeta. Fue invitada al 29 Festival Internacional de Poesía de Medellín. Poemas suyos han sido publicados en las revistas Innombrable, Aullido, Quimera y Prometeo. Además, ha publicado artículos de investigación histórica en las revistas Salus, Pensar historia, Quirón y Artificios.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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