«Habitar el mar en lo profundo», un cuento de  Julio César Márquez Ariza  

Imagen: Sara García

 

Les presentamos un cuento de Julio César Márquez Ariza (*) en nuestra edición de diciembre de 2022: La ausencia

 

 

Habitar el mar en lo profundo  

Como sucede con los cuadros 
                          que cuelgan en las paredes
cada mañana sorprendes
una leve inclinación de tu adentro

Rómulo Bustos

 

Despierto. Siento entumecida la pierna derecha. Veo una sombra sobre la pared, el momento de levantarme ha llegado. Son las 5 am, salgo. Es el día de las velitas. Llego a la casa de mi mamá, están despiertos. Mis sobrinos prenden velas en la terraza, huele a chocolate. La perra salta de un lado a otro para saludarme. Hace frío. Es curioso eso. En Cartagena lo común es el calor, pero esta madrugada el frío recorre las calles. Después de un rato, comemos. Sánduches con chocolate caliente. Hablamos del tiempo, de la vida de otra gente y entonces llega el recuerdo. Hace cinco meses murió mi abuela. No lo tenía tan claro. Mi hermano me lo dijo: hoy cumple cinco meses. El tiempo cayó sobre mis pies como un sereno de madrugada. A veces me tropiezo con las últimas fotos que tengo de ella y recuerdo sus palabras. Mi abuela repetía una y otra vez los mismos cuentos, a veces exageraba, pero me gustaba dejarla hablar, hacerle preguntas para que ampliara la historia o para que improvisara sobre algunos detalles. Cinco meses han pasado y me sorprende reconocer que estoy olvidando su voz. 

En la sala mi papá ve videos de vallenato. Está disimulando las lágrimas que le encharcan los ojos. Mi mamá lo sabe, se dio cuenta desde el primer momento. Me dijo que estuvo toda la noche así, como nostálgico. Lo veo desde la distancia y parece una figura de barro. Yo soy una pieza de ese mismo barro, pienso. Los ojos de mi papá son como los míos, hondos. Parece que las cuencas en la que están metidos son pozos de agua profunda, y los glóbulos oculares nadan ahí; con el tiempo el agua seca y los ojos quedan más y más hondos.  Entonces, tenemos esta mirada triste, mirada cansada. 

Guardo en el celular algunas notas de voz que me envío mi abuela. Las escucho. El día de mi cumpleaños. Mi abuela me dice que soy bello por dentro y por fuera. Sonrío. Dice que espera que me lluevan bendiciones. En ese instante podría cerrar los ojos e imaginarla ahí, a mi lado, abrazada a mi cintura, tocándome la barriga mientras habla. Pero no, no quiero cerrarlos, quiero saber que el vacío no se remedia con una ilusión, quiero carga el luto de su muerte, quiero ir caminando a pasos cortos por el duelo, como lo recomendó la psicóloga. Escucho su voz a través del celular y me pregunto si de esta manera puedo obligar a mi memoria a recordar, a guardar muy adentro esta voz. Retenerla en medio de mis oídos hasta mi propia muerte. 

Las velitas se gastan. La mañana sigue. Mis sobrinos hacen diablitos encueros y derriten esperma para diseñar una gran vela con forma de botella. Nosotros terminamos de hablar. Entonces, mi papá sale a la terraza, da algunas vueltas y finalmente me abraza. Somos del mismo barro. 

***

 

Antes del gato había silencio. Llegaba al apartamento y las paredes blancas me recibían, en silencio. Efe se fue y yo me quedé con los recuerdos en las esquinas, colgados del techo, debajo de la cama. Esos recuerdos me asustaban, parecían ser la sentencia de una vida que no volvería a tener. Estaba solo y solo me quedaría. Prendía el televisor para sentir que algo me acompañaba. No importaba lo que estuvieran dando, solo necesitaba oír otras voces. 

En esos días de silencio, mi cabeza estaba alerta. Por las noches abría los ojos de golpe, miraba a todos lados. Las luces de la calle entraban a través de la cortina, dibujaban sombras en las paredes.  Sentía una intranquilidad profunda en el cuerpo. Sentado en la cama esperaba a que llegaran las cuatro de la mañana. Con el gato llegó la compañía. Otro ser daba pasos por el apartamento, un cuerpo con calor que hacía ruidos y que necesitaba comer y tener agua limpia. 

Tengo al gato en las piernas. Entra una llamada de Efe y me alegro. El gato salta. Efe cuelga y el vacío crece. Es una sensación nueva para mí. Me detengo un instante a contemplar las nubes por la ventana, los cables de luz, luego busco un cuaderno y escribo: 

 

El gato juega con el mantel de la mesa 
lo persigo para asustarlo 
corre
se mete debajo de la nevera
me agacho para tocarle una pata
y luego me levanto
camino hasta la sala  
En las paredes habita un silencio 
que se lanza cada noche 
a recorrer de esquina a esquina
este apartamento
Aquí hay espacios vacíos
si los miras con atención 
parecen pequeños océanos secos 
Me he descubierto mirando a la calle
a través de una ventana
como si afuera
algo pudiera rescatarme del vértigo
                                de esta suma de ausencias 
En ese instante puedo sentir el corazón latiendo 
dentro
entre carnes y huesos 
es un eco de palabras estancadas 
El gato come
                me mira
hace ese gesto de querer cazar 
recuerdo las telarañas en los otros cuartos
el baño aún sin lavar
la olla en remojo que tenía avena pegada
una media que él olvidó sobre el nochero 
El gato salta 
             lo esquivo
En mitad de la sala 
me reconozco solo 
De repente
una pregunta:
¿qué es lo que realmente quieres escribir, Julio César?

 

***

 

Tengo en la memoria esta imagen: mi abuela está acostada en una camilla, una sábana delgada la cubre, a pesar de eso se logra ver un seno, la piel envejecida. Esa sábana no tapa nada, pienso. Siento algo de pudor y bajo la mirada. La máscara de oxígeno está ocupando parte de la cara y los ojos se le ven perdidos. Ojos profundos naufragando en el pozo de esas cuencas. Entro en la habitación intentado disimular mi asombro, le agarro la mano, ella la sostiene y me dice: «papito». 

A veces creo que nunca olvidaré ese momento. Será el recuerdo más triste que tendré de ella. Esa imagen me lleva a pensar que somos finitos. Algún día llegará el momento en el que nuestro cuerpo no responderá a los impulsos del alma. El corazón dejará de latir, la sangre no seguirá su curso, el oxígeno no encenderá la chispa. Cuerpo sin chispa es un trozo de madera que naufraga en el mar. 

Recuerdo la textura de las manos de mi abuela. Esa piel delicada, un papel de seda. Sus manos desgastadas por una vida vibrante. Ella era una ráfaga de viento, insospechada. Entraba por cualquier rincón y se movía a su propio ritmo. En la clínica, ese día, mi abuela era otra. El cuerpo pequeño, la cama amplia, la voz suave. Cada detalle me contaba que se estaba apagando. Sin chispa, su cuerpo de madera, naufragaba. 

 

***

 

Mi abuela me dijo un día: si me muero no me entierres. Mejor me queman y echan mis cenizas al mar. Lo había olvidado. En todo el proceso de ir a la clínica, esperar que entregaran el cuerpo, encontrar una funeraria, lo había olvidado. Pero de un momento a otro llegó la idea, las palabras volvieron a resonar en mi cabeza ese día. No faltó quien dijera que no era lo adecuado, pero esas palabras no tenían peso. El cuerpo de mi abuela entró a la cámara ardiente. Nos entregaron un nicho pequeño con las cenizas. 

Fuimos al mar a liberarlas. Pensamos que sería más sencillo. Pero se sentía como si, en ese momento, estuviésemos atravesando más de un sepelio. El primero fue el día que entregaron el cadáver. El segundo fue en la sala de velación. El tercero al entregar el cuerpo en el cementerio para su cremación. Ahora, estábamos ahí, una vez más con ella, para despedirnos. Una despedida dentro de otra, un dolor que se metía dentro de otro. Mi papá me abrazaba, un hijo abrazado a otro. 

Así lo imagino: las cenizas de mi abuela entran al agua. Una ola, más olas. Afuera el cielo es azul, tan azul que duelen los ojos. El sol de Cartagena en lo alto alumbra. Las cenizas se mezclan, algunos peces comen de ellas. Los carros circulan, pitan, se detienen en el semáforo. Las cenizas de mi abuela empiezan un nuevo recorrido entre aguas en movimiento. 

 

***

 

Hablo con la psicóloga. Le cuento sobre mis noches. El estado de alerta. La incertidumbre que se sienta en la cama. Escucha con atención a través de la pantalla. Adivino que debe ser una mujer organizada, lo que logro ver de su consultorio me lo sugiere. Luego de unos minutos hace una pregunta, me quedo pensando y finalmente voy trazando una línea delgada que me lleve a la respuesta. 

Son dos duelos los que cargas, me dice. Dos duelos que debes afrontar. Pienso en Efe y su partida. En las horas que se iban deteniendo con el paso de las semanas. Pienso en mi abuela, en la última vez que hablamos. Fue una llamada. Me dijo que no me preocupara, que estaba bien, que ella era muy terca pero que se iba a cuidar. Pienso en el sonido agudo del silencio, en sus formas de manifestarse en el apartamento. En su peso, su tamaño. La voz de la psicóloga me trae de regreso. Sonríe y espera que hable. Intento contener la agitación que se ha instalado en el pecho. Mis ojos son pozos de aguas profundas. 

***

 

El gato ya estaba cuando ocurrió. Llamé a Efe y le dije: mi abuela se murió. Nadie dijo nada por algunos segundos, luego comenzó ese ritual de lamentar el hecho, de pretender consolar a la otra persona con palabras. Efe vino a acompañarme. El apartamento volvió a estar lleno. Me sentía extraño. Desde la noticia no había dejado salir una sola lágrima. Me reclamaba eso, ¿si no lloraba, realmente me estaba doliendo? Antes de acostarme esa noche, lavé los platos, barrí, le cambié el agua al gato, le eché comida. ¿Qué me pasaba? Las lágrimas no aparecían. Tampoco aparecieron el día que Efe se fue, me mantuve firme hasta que, al quedar solo, sentí que las paredes me caían encima. Me fui a dormir, vi a Efe acostado, cansado del viaje, apagué la luz y, en esa oscuridad, el llanto llegó sin previo aviso. Recordé que el día de mi cumpleaños mi abuela se sentó en la sala. Comió, habló con mis amigas. Hay una foto en la que estamos juntos.  Me dijo que cuando se le arreglara la mano me daría un regalo. Porque ella amaba hablar en futuro. La chispa del cuerpo se le apagó y me dejó esa foto de nosotros juntos como un recuerdo luminoso. 

 

***

 

Epicrisis:

Paciente ingresa a centro hospitalario llevada por familiares.
Cuadro Clínico de 4 días de evolución caracterizado por dolor abdominal difuso acompañado de emesis. 
Ingresa con signos vitales estables. Con taquicardia inusual. 
Glucometría cada 8 horas. 
Acetaminofén 500 mg vía oral cada 8 horas.
Beclometasona 6 puff cada 6 horas.
Solicito ecocardiograma Doppler.
Alto riesgo de falla respiratoria aguda.
Pronóstico reservado. 
Sepsis de foco pulmonar por neumonía. 
Anciana frágil.
Traslado a sala de cuidados intermedios.
Ventilación mecánica no invasiva. 
Paciente en malas condiciones. 
Vigilancia cardioeléctrica. 
Bradicardia extrema.
Paciente no responde a las maniobras. 

 

***

Efe vive cerca del mar. Es el mismo mar de Cartagena, pero un poco más rabioso. Las olas son más fuertes. Estoy de visita y el paisaje me parece acogedor. La psicóloga me recomendó viajar, salir del apartamento, tomar algo de sol. Efe y yo caminamos hasta una playa alejada en la que un ojo de lodo ha empezado a aparecer. Viene de un volcán cercano. Nos metemos en el lodo. Dicen que el cuerpo sale renovado de esa inmersión. Me dejó ir. Hasta que me aburro y me voy a lavar al mar. 

El mar, desde niño, me ha parecido lugar de cuidado. No se sabe qué hay en su fondo. A veces cuando siento que algo me roza, me asusto. Pero me gusta hundirme y dejar que las olas pasen por encima. Sentado en la playa miro toda esa agua y pienso en las cenizas de mi abuela recorriendo el océano desde hace más de cinco meses. Las cenizas de mi abuela nadando en la profundidad del mar, como un pez, como una estrella, como una tortuga marina. Cierro los ojos y deseo para ella un horizonte, una línea que prometa una tierra más allá del límite y que el camino a ese lugar sea corto. Me río y deseo otra cosa, una explosión de estrellas, un universo nuevo. Mi abuela habita el agua en movimiento, ella que no sabía estarse quieta merecía eso, una tumba hubiese sido una cárcel, el mar ahora es su lugar. Efe se sienta a mi lado, hablamos del gato y de otras cosas. Este tiempo se irá pronto, lo sé. Por ahora me aferro a vivir estos días con calma.

 

 

(*) Julio César Márquez Ariza. De Cartagena, Colombia. Comunicador Social. Magíster en Comunicación. Sus textos han aparecido en la Revista Espejo de la Universidad de Cartagena, en la revista Ergoletrías de la Universidad del Tolima, en la Revista Temporales de la Maestría en Escritura Creativa de la NYU y en el Fanzine FURIA del colectivo N13BL4. Mantiene su propio Blog (www.desades.blogspot.com). 

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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