Charles Bukowski: la acrobacia literaria de un alcohólico

“Los entrevistadores aparecen y no hay nada que puedas realmente decirles”. Foto tomada de:
“Los entrevistadores aparecen y no hay nada que puedas realmente decirles”. Foto tomada de: sdpnoticias.com

Por: Juan Guillermo Ramírez

 Había estado mucho tiempo por ahí bebiendo, y durante ese tiempo había perdido mi lindo trabajo, la habitación y (quizás) el juicio. Charles Bukowski

Al comenzar el medio siglo pasado, la literatura estadounidense inicia un cambio de rumbo. Hasta ese momento, los escritores habían realizado una obra consciente de la importancia de su quehacer. La profunda insatisfacción que tenían con ellos mismos, con los grupos que se presentaban esperanzados, les condujo a un aislamiento voluntario de la sociedad que cultivaron como una flor de invernadero. No se trataba sólo del titánico combate, que a lo largo del siglo anterior, habían desarrollado otros novelistas contra el puritanismo, sino el mostrar ostentosamente una amargura entusiasta contra la complacencia exagerada.

Es la Generación Perdida la que organiza un aislamiento rebelde como revulsivo social. Tenían algo que ofrecer o algo que combatir. Pero a partir de 1950, el escritor se va encontrando sin enemigo de su talla ni asidero seguro: una política sin garra, una ausencia de teorías sociales bien fundamentadas. Va a iniciarse la teoría del surgimiento de una nutrida selva de revistas  poéticas exaltadoras de la espontaneidad, una exuberancia de ataques de academicismo, un florecimiento de la poesía obscena, en fin, una constante búsqueda de elementos en los que se desea acentuar el empeño, aspectos lo suficientemente sólidos como para poder romperlos. Pero, curiosamente, consiguen cautivar a un público al que pensaban asombrar, incomodar, escandalizar.

”No desnudes mi amor, podrías encontrar un maniquí”. Foto tomada de: culturacolectiva.com
”No desnudes mi amor, podrías encontrar un maniquí”. Foto tomada de: culturacolectiva.com

En esta época, Charles Bukowski, de origen alemán, está en la treintena y, aunque no ha comenzado a escribir con regularidad, se nos muestra como un buen exponente de una obra acrobática. Toda su obra literaria fue un cruel combate personal. El protagonista se encuentra aislado y libre. Desea mantener su libertad pero inicia el camino para evitar el aislamiento. Elige a la mujer y al sexo como forma de comunicación para evitar caer inmediatamente en la cuenta que ha sacrificado su libertad, que debe retornar al aislamiento. Y comienza de nuevo el juego en un constante comprometerse y descomprometerse para buscar el modo de acortar la distancia entre el yo y la sociedad. Una continua exploración de posibilidades, de capas sociales, que convierten su situación en una especie de comedia. El personaje pone en juego todo su ingenio y aprovecha todas las posibilidades que se le ofrecen para impedir encontrarse roto por el dilema, para lograr sobrevivir con él. En esta continua insatisfacción radical se encontró con su éxito.

Su protagonista fue Henry Chinaski, que ya había nacido de su primera novela Factótum, un escritor de 65 dólares a la semana, cincuentón, divorciado, callejero de día, escritor de noche, borracho día y noche, mujeriego, misógino tierno y siempre acechante, oscilando entre la abstinencia y el hartazgo, entre el sexo y el amor. Porque Chinaski no comprende la unidad. Ya era una tradición en la novelística mundial la ruptura entre el sexo y el amor, la unión de ambos de ambos aspectos era privativa de seres completos, decimonónicos, un lujo que estaba fuera del alcance de una sociedad que soporta dos guerras mundiales y se sabe rota, tanto en lo social como en lo personal. La desintegración de la individualidad pasa casi de inmediato por la ruptura del molde sexo-amor para mostrar seres atormentados por un amor impotente o por un deseo que hace bueno el instinto animal triste. Y Chinaski da saltos de funámbulo entre ambas cuerdas, el amor como comunicación y el sexo como aislante. Lydia, en Mujeres es la compañera que marca el punto de unión entre el protagonista y el mundo. Amante de las fiestas, de las reuniones sociales y exageradamente comunicativas, emplea el sexo para atraer a su compañero a una relación con los demás, y lo pierde cuando esta relación se establece. Chinaski la utiliza para un acercamiento al mundo y se aparta cuando percibe que esa aproximación le ata. Así escribe: El pensamiento del sexo como algo prohibido me excitaba más allá de toda razón. Y sin embargo, las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía quería conservarla para mí”.

“Por supuesto, los matones a veces encuentran a sus amos”. Foto tomada de: rusc.net
“Por supuesto, los matones a veces encuentran a sus amos”. Foto tomada de: rusc.net

Muchas son las ocasiones en las que el alcohol es el motivo para mostrar esta tensión entre los personajes. Chinaski se emborrachaba sistemáticamente de una forma antisocial. La cerveza no le sirve para insertarse en la sociedad sino, muy al contrario, es el medio que emplea para rechazar esa sociedad. Sabe que con la embriaguez se convierte en un ser agresivo, antisocial. Pero también su agresividad es soportada por los demás porque procede de la bebida, es decir, de un recurso socialmente aceptable. La embriaguez le permite ese continuo salto entre la sociedad y la comprensión social.

Uno de estos aspectos duales es la relación que establece entre el alcohol y las mujeres. Lydia odia el alcohol porque le impide a su compañero un entendimiento con los demás, un conocimiento de otras personas, y le imposibilita tener una relación sexual continuada. Pero Chinaski aprecia este alcohol por lo mismo, pues no sólo le aparta honorablemente de la sociedad. Sino que también corta las relaciones con Lydia, le evita el ser absorbido por ella. El alcoholismo se convierte en una excusa y en un arte: el arte de salvar la soledad personal y dejar abierto el camino hacia los demás, la excusa para abandonarlos sin miramientos cuando ya no le interesan.

Su capacidad de representar, de escudriñar hasta la destrucción y extraer una moral de resistencia, es la relevancia de su obra literaria.
Su capacidad de representar, de escudriñar hasta la destrucción y extraer una moral de resistencia, es la relevancia de su obra literaria.

Sus conferencias y lecturas poéticas en las universidades estadounidenses, sus cartas y relaciones con las lectoras de su obra buscaron dejar estupefacto al lector, dentro incluso de unos tintes marcadamente artificiosos. Este letargo no se muestra festivo, sino teñido con los sombríos del aislamiento individual, tuvo más deseos de golpear que de alegrar. La misma función cumple la diferencia de edad entre él y sus aventuras eróticas, veinte años más jóvenes, uniendo el contraste avejentamiento y fealdad-juventud y belleza.

Resulta así una de las claves de la conmoción de la obra de Bukowski: la capacidad de transmitir al lector un cinismo ante las circunstancias adversas, cogiendo lo inalcanzable: Las camareras llevaban unos vestidos cortos de color rojo que enseñaban sus bragas blancas de encaje. Los escotes eran muy bajos para mostrar los senos. Odiaban a los hombres, vivían con sus madres y hermanos y estaban enamoradas de sus psiquiatras. A Chinaski no se le puede desenmascarar porque no tiene máscara. No es más que una pose que le permite seguir viviendo. Han pasado los felices sesenta, tiempo del amor, de las flores, de la esperanza, y llega el tiempo de la inutilidad y el vacío que hay que llenar con lo que sea, como sea: A mí nunca me pareció bien estar solo, algunas veces no me sentía mal, pero nunca me parecía bien. No todo es sexo pero tampoco encuentra adecuado el amor: Uno simplemente se cansaba  de estar manteniendo apartado el amor y lo dejaba venir porque a algún lado tenía que ir. Entonces normalmente llegaban muchos problemas.

Bukowski en la pantalla podrida.
Bukowski en la pantalla podrida.

Resuelve su vida como una maratón sin meta, viajando y recibiendo, un movimiento constante que es el deseo de llenar tiempo, de no pensar, un horror vacío que le conduce a una búsqueda sin sentido porque sabe que en el sinsentido está su éxito y su fracaso y que uno depende del otro. Pues la pornografía de la novedad no está en los actos que realiza con mayor o menor fortuna, ni en sus descripciones que no son tan detalladas ni tan malévolas como las del divo marqués de Sade, la pornografía reside en ese exhibicionismo personal, en mostrarse sangrante y destrozado a los ojos de los demás para desfilar una nueva cicatriz que pueda utilizar de cebo para nuevas compasiones. Porque Chinaski sabe que vive en una sociedad lo suficientemente aislante para encontrar siempre a quien está dispuesto a darle su cuerpo en una relación ambivalente. El es el alma gemela que la visitante espera encontrar, alguien que se sienta lo bastante solo para despertar la simpatía de una mujer, que, también destrozada, esté dispuesta a entregársele con la apariencia de acompañarle, pero, en el fondo, con el deseo de comprobar que ella no está tan mal, que el protagonista con su cara marcada y avejentada, hace buena su pobre situación.

La rebelión ha terminado porque nunca tuvo realmente un comienzo en Bukowski. Se encontró con un potencial público frustrado, deseoso de escapar de un puritanismo asfixiante, de un encasillamiento, pero sin fuerzas ni posibilidades objetivas para hacerlo. La obra de Charles Bukowski le ofrece a esa rebelión la posibilidad de una escapatoria mental y se acerca de forma impresionante a los planteamientos de dudas y vacilaciones de recuerdos y represión. Le permite al lector recordar esa aventura aislada. Le ofrece esperanzas de lograr algo nuevo, algo inesperado en cualquier momento. Hay que mantener un equilibrio entre personalidad individual y sociedad, una adaptación ingeniosa ante el dilema de la vida. De su vida.

Bukowski en la pantalla podrida.Charles Bukowski fue, en el fondo, un escritor que supo adoptar una pose social que le resultó productiva, lo cual no es enteramente negativo, pues demostró inteligencia al aprovechar un estado de ánimo desesperanzado y vacío, deseoso de algo nuevo o que, al menos ayude a soportar la existencia. Que es la nuestra.

 

BUKOWSKI Y LA PANTALLA BLANCA

STORIE DI ORDINARIA FOLLIA (1981) de Marco Ferreri. Adaptación del libro de Charles Bukowski “Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones y demás relatos de la locura cotidiana”, realizada por el italiano Marco Ferreri. Con Ben Gazzara como Charles Bukowski (aunque no aparezca con el nombre del autor), Ornella Mutti, Susan Tyrrell y Tanya Lopert.

THE KILLERS (1984) de Patrick Roth. Un violento film independiente basado en un relato corto de Bukowski, quien aparece personalmente en la propia cinta. Con Jack Kehoe, Raymond Mayo, Allan Kolman y Susanne Reed.

BARFLY (1987) de Barbet Schroeder. Mickey Rourke interpreta al alter ego de Charles Bukowski, Henry Chinaski, en este interesante film escrito por el propio poeta alcohólico y co-protagonizado por Alice Krige y Faye Dunaway.

L’AMOUR EST UN CHIEN DE L’ENFER (1987) de Dominique Deruddere. Una película francesa que adapta varios relatos de Charles Bukowski, en especial el titulado “The copulating mermaid of Venece, California”. Protagonizan Josse de Pauw, Geert Hunaerts, Michael Pas y Gene Verboets.

LUNE FROIDE (1991) de Patrick Bouchitey. Adaptación de las novelas “The copulating mermaid of Venice” y “Trouble with the battery”.

FACTOTUM (2005) de Bent Hamer. Película con guión escrito por Bukowski que está protagonizada por Lily Taylor, Matt Dillon y Marisa Tomei.


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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