Una aparente contingencia

“Comprendí que las jóvenes vagabundas son misteriosas, y te hacen plantearte preguntas. ¿Que hace allí, sola y desprotegida? ¿No tiene miedo, no tiene frío? Pensé que era un tema nuevo. Pero Mona no significa la libertad. Significa la rebelión. Es la persona que dice no. No se sabe muy bien hacia dónde va. Mona dice: quiero que me dejen en paz. No busca nada, ni siquiera la idea de libertad. Sólo quiere hacer lo que le apetezca en el momento y decir no a todo lo demás”. A.V.
“Comprendí que las jóvenes vagabundas son misteriosas, y te hacen plantearte preguntas. ¿Que hace allí, sola y desprotegida? ¿No tiene miedo, no tiene frío? Pensé que era un tema nuevo. Pero Mona no significa la libertad. Significa la rebelión. Es la persona que dice no. No se sabe muy bien hacia dónde va. Mona dice: quiero que me dejen en paz. No busca nada, ni siquiera la idea de libertad. Sólo quiere hacer lo que le apetezca en el momento y decir no a todo lo demás”. A.V.

Por: Juan Guillermo Ramírez

No se puede competir con la vida. Solo recrearla. Agnés Varda

Toda gran película es la historia de un trayecto, de una búsqueda, de un recorrido. Sin techo ni ley (1985) es una película errante que comienza con la muerte de una hermosa muchacha encontrada congelada en un campo de hortalizas. ¿Por qué murió de frío? Agnés Varda construye su historia con base en testimonios y su cámara interroga a una serie de testigos que de alguna manera han tenido que ver con ella. El esquema de la película es el siguiente: una muchacha, completamente bloqueada a nivel mental y perdida irremisiblemente en los paisajes fantasmales de la libertad absoluta, nacidos de una revuelta contra la vida carente de aberturas y de aventuras, no cesa de desplazarse físicamente. Es el reflejo de una marginalidad errante cuya libertad termina donde comienza el anden de la otra acera. Se establece así una tierna confusión que subyace en el posible equilibrio existente entre lo imaginario y lo real. Agnés Varda ha hecho de Mona (interpretada por Sandrine Bonnaire) su protagonista, una heroína irremplazable de nuestro tiempo, una figura de la época quien, hoy en día, puede ser su símbolo. Aún con sus 20 años rinde cuentas de un mal vivir típico de estos años. En ella se sintetiza una rebeldía que carece de explicación y por lo tanto no está contaminada por ninguna categoría ideológica. “No tiene nada que ver con mayo del 68 donde se quería rehacer la sociedad, cambiar al hombre, inventar nuevas relaciones personales, reinventar el amor”, dice a este respecto Agnés Varda. Mona huye, se refugia de todo el mundo, pero al mismo tiempo crea una fascinación invertida que recae sobre el espectador, porque es como si ella cambiara por nosotros.

"La suerte de las mujeres a las que ya no se respeta, ya no se escucha, a las que se envía a sus cocinas o bajo sus velos...". A.V.
“La suerte de las mujeres a las que ya no se respeta, ya no se escucha, a las que se envía a sus cocinas o bajo sus velos…”. A.V.

La película evoca una emoción vivencial muy simple pero a la vez muy cruda: cada año personas mueren de frío. “Escogí a una vagabunda porque físicamente es más duro para una muchacha que para un hombre; una mujer sola en el mundo, con su morral y su casa al hombro: cuando todo esto lo pierde en un incendio, ella muere de frío”, añade la directora. Todo indica que después de 50 años de dirección cinematográfica, Agnés Varda encontró una forma verdaderamente rigurosa en su oficio, sin dar ningún tipo de concesiones que correspondan a la reflexión personal de la cineasta, siendo la manera adecuada que parece adaptarse perfectamente a un tema fuerte y sencillo, con una actriz maravillosa. Dicho de otro modo, las emociones y sencillas han hecho nacer esta película.

El film que cuenta el encuentro de una muchacha con su propia muerte, se abre sobre el descubrimiento de su cadáver y se reafirma sobre su entumecimiento mortal. Debería dejarle al espectador un gusto amargo, pero agradablemente pasa todo lo contrario: es una película de la que uno sale reconfortado, estimulado. Sin techo ni ley es una película viva que se sitúa al exterior de todo tipo de posturas manieristas en relación al cine moderno. Cuando las personas que Mona ha cruzado sobre su marcha se dirigen frontalmente a la cámara, ésta no es ninguna figura retomada del cine de los años sesenta y mucho menos es una referencia estilística; es simplemente la forma evidente y necesaria en que la cineasta reinventa, recrea ese momento porque su tema mismo se lo impone: igualmente por la mezcla de documental y ficción, igualmente por la participación de actores y no profesionales en el plano narrativo fílmico. Ellos poseen la fresca juventud de sus comienzos. El rechazo se burla de la misma fuente que la hizo brotar, no esperó más que su propia existencia, y si él acaba por parecérsele, es con toda la inocencia porque sus necesidades vitales son exactamente las mismas.

En un momento del cine, nadie llega verdaderamente a reunir en conjunto los elementos que suponen la constitución de un film. Agnés Varda toma la problemática a la inversa, de una manera dialéctica. Los otros cineastas se esfuerzan por partir, desgraciadamente, de un cierto número de ingredientes: materiales de escenografía, conexiones y estructuras cinematográficas determinadas, en donde la organización es predeterminada para poder comenzar a filmar una película, no llegando a hacer de esta suma un todo y dándole a los elementos la impresión de deshacerse separadamente de un film. Agnés Varda escoge lo inverso: parte de un solo elemento: Mona, una nómada que camina con su morral y su carpa sobre su espalda, liberada al azar, dándonos la impresión de establecer, solo en la medida en que Mona y la película avanzan, las conexiones que se proponen y que se contentan por recibir algo, cualquier cosa, como un nacimiento tímido y hábil del relato.

“Me impresiona cómo la gente soporta menos la suciedad. Hay dificultades en el diálogo entre un blanco y un negro, un rico y un pobre, entre un joven y un viejo, pero entre un sucio y un limpio hay un gran abismo. Hay un problema de olor, de asco, de decencia”. A.V.
“Me impresiona cómo la gente soporta menos la suciedad. Hay dificultades en el diálogo entre un blanco y un negro, un rico y un pobre, entre un joven y un viejo, pero entre un sucio y un limpio hay un gran abismo. Hay un problema de olor, de asco, de decencia”. A.V.

En Sin techo ni ley las pequeñas redes de la ficción se tejen de una manera contingente e increíblemente arbitraria, creando el mismo efecto en la mirada habitual y determinista de los escenarios. Allí no se siente nunca la anterioridad de un plano o de una previa organización en su existencia, en el desarrollo mismo de la película. Es evidentemente esencial en la película que se ataque la libertad de su personaje y esto se sabe cuando el sentimiento de libertad y de contingencia es lo más difícil de preservar en una película ya terminada: la libertad de Mona no está ni en la mano de Dios, ni en la del escenario, ella solo cuenta con los límites contingentes de los encuentros que ella tiene. Su muerte, se sabe bien, no tiene ningún carácter de fatalidad ni de predestinación, es simplemente un encuentro más, tan absurdo y necesario, en su contingencia, como los otros. Esta puede ser una de las razones por la cual esta muerte no es verdaderamente triste. Si Mona escogió ella misma no organizar su vida según un proyecto determinado al cual debería someterse y que limitaría su propia libertad, para liberarse sin ningún plan posible de la contingencia que la acosa en los azares de la autopista, en la posibilidad de hacerse violar y de encontrar la muerte, hace todo esto parte de su libertad a la vez infinita, absurda e indivisible. Pero es precisamente el carácter absurdo e indivisible de esta libertad, que los personajes con que ella se encuentra no puede nunca comprender qué es lo que los hace atraer y rechazar simultáneamente.

Sin techo ni ley es sin ninguna duda una de las mejores películas de Varda y es que visiblemente, para hacer esta película, ella no ha buscado el tema sino más bien es el tema el que se le ha impuesto a ella, es como la causa del deseo que se siente al ser cineasta bajo las huellas de un personaje rechazado. Siempre hubo en Varda la tentación por escribir en sus diálogos más dominio, más cuidado y así mismo en el rodaje de los detalles, con una mezcla de lucidez irónica y de lucidez controlada que le ha ocupado desde siempre la vertiente manierista de la modernidad. Con esta película, y es la primera vez que lo hace, retoma voluntariamente hacer un rodaje sin guión, sin un verdadero plan de trabajo. El rodaje se decidía día a día y algunas veces gracias a los azares y a los encuentros ocasionales del destino. Ella escribía los diálogos en la mañana justo antes de comenzar la filmación.

“El elemento que compone el personaje Mona, junto a los que mueren de frío y a la suciedad, es el de los jóvenes vagabundos sin hogar, sin abrigo. Estoy más interesada en los jóvenes que en los viejos vagabundos. Además, he observado que hay mujeres jóvenes que vagan sin rumbo por los pueblos”. A.V.
“El elemento que compone el personaje Mona, junto a los que mueren de frío y a la suciedad, es el de los jóvenes vagabundos sin hogar, sin abrigo. Estoy más interesada en los jóvenes que en los viejos vagabundos. Además, he observado que hay mujeres jóvenes que vagan sin rumbo por los pueblos”. A.V.

Sandrine Bonnaire se sitúa en el corazón de la contradicción que atraviesa la génesis de este film, que palpita entre la voluntad del personaje y la necesidad de tenerla siempre lejana, del lado oculto de la repulsión. Es una contradicción que posee el tema mismo.

¿Cuál es el verdadero tema de esta película? No es solamente lo que hace el personaje, es más bien todo lo que nos narran y cuentan acerca de ella, resultando conveniente acompañarla, entenderla y amarla. El verdadero tema es la relación de la directora con su personaje. Esta relación descansa sobre una ambivalencia fundamental: Agnés Varda se siente atraída por su personaje en tanto que éste le niega la voluntad de comprenderla y amarla. Es, por otra parte, el reflejo cálido de una constante propia de Mona y la más segura, que se resume en su negatividad absoluta por ir en el sentido de la exigencia del otro, excediendo sus propias necesidades o su propio deseo: rechazo que fundamenta su comportamiento ético.

Este rechazo obstinado de responder siempre por la simpatía, frente a la pregunta referida a lo otro, cualquiera que éste sea, comprende desde este momento una intención de Varda que hace que la alteridad de este personaje permanezca radical con relación a aquellos que pudieron ser sus semejantes. Mona permanecerá siempre en el extremo opuesto del otro, así sea judío o marroquí, puesto que es tal el sentido de sus existencia como el destino de su personaje.

Agnés Varda siempre anduvo con su dilema dialéctico a cuestas, filmando a un personaje que la rechazaba en cuanto que la atraía, que la amenazaba en tanto que la encantaba. Un personaje que era a la vez el centro de su film y en el cual la lógica empleada consistía en volverla imposible, explotándola interiormente, minándole el alma.

“Mona (Sandrine Bonnaire) nació de emociones fuertes: la gente que muere de frío, la crueldad de esta muerte. Eso me rebela, me insulta. Me perturba que en nuestro siglo, con todos sus adelantos y organizaciones sociales, haya gente sola, no solo pobres, sino sin nada, que mueren de frío en las calles”. A.V.
“Mona (Sandrine Bonnaire) nació de emociones fuertes: la gente que muere de frío, la crueldad de esta muerte. Eso me rebela, me insulta. Me perturba que en nuestro siglo, con todos sus adelantos y organizaciones sociales, haya gente sola, no solo pobres, sino sin nada, que mueren de frío en las calles”. A.V.

Se ha comprendido que en esta película las luces y las cosas son reales: al mismo tiempo es el simulacro de un teatro de sombras donde se juegan las fuerzas más oscuras. Sin techo ni ley  es una película sobre sí misma y es también, a cada instante, una película extremadamente atenta a la singularidad de las cosas, a los encuentros azarosos del tiempo y del espacio, al calor del frío, al calor de los paisajes y a las cualidades particulares de esa luz  tan pura, la del sur de Francia, en el frío invierno.

Sin techo ni ley es una película rodada y dirigida hacia su propia autora y esto es lo que la hace de una bondad sensible. El cine se encuentra aquí vigorizado y cada vez más cuando se encuentra con una verdadera juventud (Mona), con sus contradicciones ontológicas entre la que habla y la que escucha, entre las zonas sagradas de un tema que allí se busca. La metáfora de las apariencias es en últimas la aparente contingencia que es la vida.

El lugar de Agnés Varda en el cine francés está en la imagen del lugar donde ella habita. Es el cine que construye su camino en el sendero de la travesía, siempre conjugado en primera persona. Del cine que responde a una cierta regla del juego que ella conoce mejor que ninguno. Y es normal: es ella quien lo ha inventado.


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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