La herencia del crimen

 

En la foto el director estadounidense Abel Ferrara.

El pueblo americano es capaz de vencer los peores peligros si se le informa convenientemente sobre los hechos reales. Estes Kefauver, “El crimen de América”.

 

 

Por: Juan Guillermo Ramírez

Existe la tendencia natural a imaginar la muerte como un evento que viene no sólo a distorsionar nuestras vidas, nuestra estabilidad, nuestras costumbres, sino también a ser elevado como concepto hasta un punto idealista. El Funeral (1996) de Abel Ferrara es una buena muestra de cómo podemos ser capaces de humanizar la muerte, de destrozar toda la crueldad que puede haber en ella, de justificarse.

La película nos sorprende en la primera escena, aún con la música y los títulos de crédito, con la llegada del ataúd donde los restos de un hombre descansan, observados a través de los sollozos y los suspiros de su madre y familia. El luto es denso y evidente, pero se va perdiendo a medida que se van realizando unos transparentes flashbacks con objeto de contarnos cómo fue la muerte de aquel hombre de aspecto débil. Así, vamos introduciéndonos en el mundo donde se mueven todos los miembros de la familia. La caracterización que reciben en principio los dibuja como grandes hombres de familia, responsables y humanos. Una bonita familia que se reúne en Navidad. Quizá esta sea la causa de que sean sus esposas y familiares los que nos informen que detrás de esos responsables trabajadores se esconden las más estúpidas, caprichosas, peligrosas y por lo general infundadas tendencias mafiosas que se manchan con oscuras operaciones ilegales de tráfico de influencias. Se adivina también una cierta herencia, como si estas tendencias vinieran de sus antecesores, como si fueran una especie de familia Corleone.

Sin embargo, el guión no sigue las normas del cine negro, ni de la mafia. La historia pareciera que hubiese sido escrita para describir aspectos que no nos interesan de las vidas de los miembros de la familia. La muerte de uno de ellos es sólo una excusa para contarnos los pormenores de las vidas del resto. EL final es improvisado, las escenas típicas de gángsters resultan cortas y carecen de la frialdad e hipocresía en las interpretaciones que deben tener. Las buenas interpretaciones se guardan para las escenas de menos líneas de guión. La llegada del ataúd, los miembros de la familia que acuden a velar, etc., son escenas que resultan extremadamente verosímiles. Quizá la causa de este hecho radique en que el reparto está predominado por actores y actrices que habitualmente representan papeles más secundarios. Christopher Walken, Isabella Rosellini, son grandes secundarios que bordan las escenas que no buscan un lucimiento individual de ningún actor en particular.

Christopher Walken es uno de esos actores que sabe cómo resultar siempre sorprendente. Baste recordar las más típicas interpretaciones suyas como la de compañero de guerra en Vietnam, del padre de Butch (Bruce Willice) en la famosísima Pulp Fiction; o la de cazarecompensas en True Love junto a Christian Slater y Patricia Arquette. Grandes personajes increíbles y con una personalidad abrumadora. Y es que esa es precisamente su forma de gustar: formar personajes peligrosos, siempre ligados a la violencia, con personalísimos rasgos definitivamente intransferibles. No obstante, su interpretación en El Funeral, resulta ligeramente plana y desinteresada. Walken decide, quién sabe si por una conservadora dirección o por una pérdida de interés, no obsequiarnos como de costumbre esa frialdad y tendencia voyeurista que le caracteriza. Walken es un actor con planta de líder, de derrochar impasividad: las manos en los bolsillos. Como bien sabrán los seguidores de este actor, tiene una tendencia al monólogo y las deducciones en voz alta. Los diálogos suelen ser más bien discusiones fundadas, medidas e inteligentes. Una colección de fundadas razones y contrarrazones acerca de cualquier tema: amor, o metafísica.

En El Funeral hay de todo. Desde discusiones de este tipo hasta frases sin sentido acerca de Dios, que se le adula con otro gusto en otras escenas, especialmente cuando se refleja su crueldad.

Resulta más interesante cuando no sabemos nada de las causas de la tragedia que cuando esperamos el final. Hasta el punto de que al final, ni siquiera nos quedamos con el globo desinflado. Nos quedamos sin nada. Una decepción que nos tacha de sentimentalistas por sentir preocupación ante la muerte del sujeto. El final destroza la necesidad de la película y nos deja el recuerdo de la parte externa: las historias de política y las penosas y oscuras vidas de los miembros de la familia. Es curioso cómo uno de los personajes, el padre encargado de decir la misa al difunto, en una escena disimulada, advierte cómo no hay nada que hacer, ni razón por la que rezar por la familia. Todo está perdido, son necesarias importantes remodelaciones para que podamos sentir el dolor de la tragedia. En el cine, la frialdad también es una forma de expresión.

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El funeral de Abel Ferrara se caracteriza por su magistral uso de la violencia repentina, el retrato de la corrupción, las sombras de las calles neoyorquinas. Esta vez nos arrastra a los años 30, cuando la depresión devastaba a Nueva York. En el velorio de Johnny (Vincent Gallo), el menor de los hermanos Tempio, Ray (Christopher Walken) y Chez (Chris Penn) sienten la necesidad de vengar su muerte. Según la noche avanza, mediante los recuerdos de Ray y Chez vivimos el pasado de la familia, sus negocios y la sangre derramada.

Aunque muy apegados, los tres hermanos son muy distintos en sus personalidades, ideología política y filosofía de la vida. Ray, el más fuerte, racional y cruel de los tres, contrasta con el temperamental y violento Chez y el cautivador Johnny, quien simpatiza con la izquierda.

Las mujeres en sus vidas son igualmente diferentes. Jeannette (Annabella Sciorra), la esposa de Ray, educada e inteligente, expresa sus opiniones aunque choquen con las del marido. Clara (Isabella Rossellini), casada con Chez, es callada, sensible y sufrida. La tímida Helen (Gretchen Mol) es la bella novia de Johnny. La película gira alrededor del misterio del asesinato de Johnny. El sospechoso principal es Gaspare Spoglia (Benicio del Toro, en una impresionante caracterización), cuya mujer había estado abiertamente vinculada con Johnny. Sin embargo, al descubrirse el verdadero asesino, nos lleva a examinar la carga de los lazos familiares, qué constituye justicia, y hasta dónde puede terminar el legado del mal tras generaciones de violencia. La película de Abel Ferrara es sin lugar a dudas un film de gángsters –el primero que este realizador ambienta en los años 30– y sin embargo no sucumbe ante ninguna de las constantes de los clásicos del género. Antes bien, El funeral confirma al cine de Ferrara como una suerte de género aparte, con estructura de policial, clima y aires de tragedia. Y mucho más violencia que la habitual, aunque el director de El rey de Nueva York y Un maldito policía no necesita muchos tiros ni sangre para plasmarla. Frente al esquema clásico, siempre centrado en las guerras entre familias o clanes rivales, El funeral ofrece la historia de una familia. Los Tempio eran tres hermanos, Ray (Christopher Walken), Chez (Chris Penn) y Johnny (Vincent Gallo), hasta que tres certeros balazos se llevaron a Johnny. El film arranca con su velatorio en casa de Ray, el mayor, el que hace las veces de cerebro pensante de la familia, el que sobrelleva un matrimonio aparentemente feliz con la dócil muchacha que anima Annabella Sciorra. Sin prisa ni pausa, el devenir de la trama se encargará de desarmar estos y otros falsos indicios.

Todas son apariencias en El funeral, hasta que la muerte las desmiente. Allí radica buena parte de la incomodidad. En el velatorio de Johnny está el tiempo presente, que se adueña por largo rato –acaso excesivamente– de la historia, al punto que surge la sensación de que ningún evento contante y sonante la sacará de allí. Los flash-backs, luego, irán pintando a cada uno de los hermanos: al muerto, como un hampón sui generis, simpatizante del socialismo, asistiendo a unos mitines del partido comunista que lo dejan sumido en una solidaridad abombada y perpleja. A Chez como un gángster cobarde y tosco, cómodo propietario de un bar adonde confluyen graneados representantes de la pesada del barrio (uno de ellos fantásticamente encarnado por Benicio del Toro). A Ray como el capitán de una empresa fraternal ligada con las mafias sindicales, cosa que choca con las incipientes convicciones de su hermano menor.

Pasado y presente, en El funeral, se realimentan poderosamente. Si el presente alrededor del féretro impregna de oscuridad a los viejos tiempos, estos se ocupan de destejer la tramposa normalidad de los Tempio, que lloran la muerte de Johnny como si fueran una familia convencional. Y a medida que avanza, el pasado (y la certeza de que estos gángsters también cultivan el arte de la venganza) abona la sensación de que el velatorio no es más que la tensa calma previa a una nueva tormenta, todavía más difícil de capear.

Ray carga con buena parte de la trama sobre sus espaldas. Su conflicto es esencialmente interno, y muchas veces lo verbaliza, como cuando desgrana frente a una pobre víctima los “principios” que lo impulsan a gatillar. Esas palabras convierten al personaje de Walken (alter ego de Ferrara, junto con Harvey Keitel) en un fascinante analista de la psicología de los gángsters, y de su propio rol, sin conspirar un ápice contra su convicción dramática. El hartazgo de las mujeres (algo que expresa Sciorra cuando festeja la muerte de Johnny frente a su novia, porque “así no serás la triste esposa de un mafioso”) y el descontrol de Chez, que sublima brutalmente las pasiones reprimidas por sus hermanos, completan los movimientos de El funeral, film negro si los hay, especie de sinfonía sórdida acerca de la enorme dificultad de sacarse de encima un pesado mandato socio-familiar.

Otra vuelta de tuerca de Ferrara (El rey de Nueva York, Un maldito policía) al universo de la delincuencia. El funeral de uno de los miembros de la familia Tempio, asesinado por razones que se averiguarán a lo largo del film, pretexta un relato que aspira a una dimensión de tragedia clásica, con lazos familiares que revelan su descomposición y un enfrentamiento directo con el Destino que, en el caso (no hay que olvidar el trasfondo religioso italiano de Ferrara) tiene el rostro del Dios cristiano.

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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