Pol Pot – Roger Schira

Imagen de una ciudad inmóvil

Les presentamos un cuento sobre la soledad y la memoria, de Roger Schira, en su versión original. La traducción al español la realizaron Daniel Rodríguez y Antonella Cicconi.

 

 

Pol Pot

Anne había viajado más temprano con varios amigos que ahora dormían en el motel. Era de mañana entonces, y el desierto parecía infinito y lunar. Esto la había hecho sentir particularmente vulnerable sobre ese camino de asfalto, como si en cualquier momento la arena fuera capaz de levantarse y tragarlos. Más tarde, cuando todos estaban un poco ebrios y sentados alrededor de la piscina, Anne se tiró de repente al agua y nadó hasta el fondo. Allí, se sentó y miró al sol cegador y a las borrosas imágenes de sus amigos, que se difuminaban por el efecto del agua. Parecían alienígenas atrapados en un mundo silencioso y ralentizado. Una atmósfera extraña que los dejaba inútiles y torpes. Elevándose lentamente hacia la superficie, Anne se colocó en un extremo alejado de la piscina y los observó en su momentáneo silencio, con sus cuerpos relajados, con el único ruido de los hielos golpeando el vaso. Como un pintoresco arreglo de formas y figuras, cuyos detalles se resaltaron al nublarse el cielo y transformar cada pequeño trazo en algo importante y excesivo. La luz se había tornado violácea y delicada. Era igual a esos acallados momentos previos a un eclipse, cuando las personas vuelven a ese estado primitivo de silencio y asombro. Anne los miró y salió del agua, y el sonido de la toalla blanca contra su cuerpo quebró abruptamente la escena.

La cena fue en un restaurante decorado como un barco, ubicado fuera de la recepción del motel, con todas las mozas vestidas de marineras y moviéndose bajo un aire de forzada hilaridad, como si supieran cuánta desesperación había, pero al mismo tiempo tuvieran miedo que cualquier admisión de su parte las metiera en problemas. Anne y sus amigos bromearon con la camarera que les asignaron. Era una mujer mayor y robusta, que se sorprendió ante los chistes y las ridiculizaciones. La energía estridente que de alguna manera complementó a esos latosos «ojos de buey» de la pared. Anne observó de reojo cómo la mujer anotaba su pedido en un pequeño anotador con una lapicera mordida y una goma  grisácea que se desmembraba ligeramente en su metálico sostén. Se dio cuenta de que siempre se sentaría en lugares como ese, que usaría su agua para limpiar marcas de detergente de los cuchillos, que exprimiría rodajas de limón en agua sin gas y le creería al segundo pistolero mientras se revolcaban en las lomadas. Se fueron del restaurante y mientras pensaban qué hacer luego, Anne miraba fijamente a la moza que limpiaba con movimientos precisos y ordenados como los de un ritual Druida. Cuando la mujer encontró su propina, la elevó de la mesa rápidamente, con su mano haciendo las veces de cuchara, y la metió sin mirar en uno de los bolsillos de su delantal, como si el menor contacto visual fuera a afectarla. Anne contempló cómo esa espalda ancha encorsetada en un humillante uniforme de marinera consumía abruptamente a la moza, sacándola de la imagen, hasta el punto de no poder recordar lo que había estado observando hacía unos pocos minutos debido al pestañeo más abrupto de los necesario.

Decidieron ir a un boliche local que reunía turistas como ellos; gente que pasaba los fines de semana largos en complejos venidos a menos. El lugar era un garaje enorme decorado con ridículos motivos esquimales. Había iglús hechos de alambre de gallinero, nieve blanca de plástico y vasos rudimentarios para las bebidas. Todo apuntaba a una cultura que no podía ser lo suficientemente cálida como para producir artesanías delicadas. El boliche entendido como un desafío contra la totalidad absoluta del desierto. La topografía desagradable ridiculizada incluso por las arenas movedizas que amenazaban el camino.

Rodeada por el infinito desierto, una persona puede pedir un té helado estilo Long Island mientras se sienta en un maltrecho iceberg de plástico. Anne y sus amigos se deslizaron por el lugar cautelosamente, como si necesitaran evitar la exposición de una sustancia ficticia que les podría robar sus superpoderes. Una pequeña caja con una tapa pegada. Hilos verdes de rayos se desplegaban por el lugar. Aquí un hombre tocó a Anne. Él simplemente extendió la mano para que, cuando Anne pasara, su pelo se deslizara por sus dedos. Cuando ella se dio vuelta para ver quién era, él se fue caminando, como si esa pequeña intimidad, esa dolorosa extrañeza, le hubiera provocado un cambio. Se sintió cargada con algo doloroso y envolvente. Una presencia oscura que la arrastraría hacia la muerte. Anne lo vio marcharse a través de la multitud como un agraciado gato ladrón; sus manos, de un color marrón oliva hermoso, descansaban a sus lados; sus dedos, como las delgadas piernas de un peligroso arácnido, apenas flexionados y relajados. Él los sostenía como si fueran extraordinarios seres vivos. Estrafalarias mascotas que adornan excentricidades en las ferias callejeras o en grandes parques urbanos. Las manos impolutas de un santo que se libera del relicario para una multitud enferma.

Cuando cerró el club a las dos, ellos volvieron al motel y durmieron separados. Anne, sola en su habitación, se desvistió rápidamente y se metió en la cama, dejando sus ropas acomodadas en pequeñas pilas sobre la alfombra. El silencio dominaba. Desde su ventana pudo ver la piscina. Tenía luces en la parte de abajo, que la hacían parecer pequeña y miserable. Un artefacto inútil en el cual las olas rompían contra las sucias paredes de plástico. Anne se quedó observando su ropa, que simulaba ser la piel recientemente mudada de un lagarto. Levantó una de sus blusas y pasó su mano por una costura, luego cerró un botón, siguió su recorrido por un bolsillo hasta acariciar toda la tela, como si fuera un texto escrito en braile. Terminó por revolearla al piso. Se sintió traicionada y furiosa con su ropa. La habían decepcionado. Los colores estaban mal. Alguna mutación tuvo lugar sin su permiso. Sintió mucho odio. Su valija iba a pagar por esto. Iba a matar a toda la familia Samsonite. Se vistió de nuevo y salió. El aire era húmedo, el camino estaba vacío, había luces circulares que construían un pasillo de algún castillo recientemente abandonado, entre el sonido de llanto de la familia Real y los bombardeos de fondo. Anne siguió de largo hasta la pileta y se apoyó en la baranda que cercaba el desierto. Miraba fijamente una gran montaña de piedra a la distancia. Allí se establecía como un oscuro y abandonado transatlántico. Musculosa. Permaneció mirándola por un buen rato antes de deslizarse por el cercado y comenzar a caminar rápidamente hacia allí.

Ella no tenía miedo. No era una de esas mujeres que constantemente sienten temor hacia los insectos, las serpientes, o que se pone histérica cuando un insecto de agua aparece saltando en su pared. Se movía rápida y eficientemente; sus pies crujían sobre la arena, la maleza y las pequeñas piedras. Era como caminar sobre las ruinas de una ciudad fantasma. Hace tiempo, hubo un supermercado allí. Una posada se erigió. Los esclavos eran vendidos, hasta que aquella fatídica mañana llegó la lava, y la historia continuó. Anne alcanzó el afloramiento rocoso y se detuvo. El motel que dejó atrás ahora parecía ridículo, como una gran pieza de maquinaria descartable. Descansó sobre la superficie de una piedra. Estaba fresco, casi frío. Sintió las roturas, las curvas y las pequeñas hendiduras. Había decoloraciones y un aroma oscuro. Era una cosa muerta. Enorme, densa y corpulenta. Una cosa muerta y dura que estaba siendo comida por el viento. Anne se apartó y empezó a caminar en círculos alrededor de la piedra; su estupidez la hizo enojar de nuevo.  Corrió un poco, completó una vuelta y luego frenó, también furiosa por la monotonía que la rodeaba, como si todo hubiera sido fruto del error de otra persona, una instrucción no comprendida. Anne levantó una rama enredada y la revoleó por el aire. Desapareció sin hacer ruido, como si la hubieran atrapado en la oscuridad, suspendida entre un par de brazos falsos. Quería sentir algo sólido y duro bajo sus pies. Un piso de parqué de una fábrica del Este. La naturaleza derrotada y sumisa. La forma que no condice la función. El piso de su abuela. En el Bronx. Un departamento justo enfrente de una plaza pequeña. Un gran departamento art-decó con muchas presunciones. Ella recordó cuando ponía su oreja contra el piso, debajo de la mesa del comedor, y escuchaba vibraciones y voces mudas. Un mundo secreto en un panal. El mantel colgando hasta el piso. Había jugado en esa plaza, con su cabello atado, sostenido por un moño blanco de tela. Usaba vestidos y zapatos de buena calidad. Los bancos se alineaban con ancianas que, a veces, cerraban los ojos y permanecían así durante unos minutos. Sus párpados se abrían lentamente, como los de un reptil, mientras Anne caminaba una y otra vez alrededor del parque. Estas ancianas allí instaladas, que se levantaban ocasionalmente, usaban vestidos, polleras, blusas y bolsos de mano que se veían increíblemente pesados. Buques de guerra que se desplazan lentamente. Y allí, en un rincón de la plaza, en una miserable barranca de tierra, se ubicaba la casa de campo de Edgar Allan Poe, que parecía una pieza de utilería de una versión temprana, descartada y esotérica del Mago de Oz. Edgar Allan Poe en el Bronx. El alcalde LaGuardia como la Bruja Buena y Jack Dempsey como el Mago. El Estudio no está maravillado. Anne se rio. La plaza Poe. Se sonreía, con un aire fresco, penetrante y sustancial a su alrededor. La plaza Poe. Incluso sonaba gracioso. Como repetir Pol Pot una y otra vez. Era el remate o un elemento dentro del desarrollo del monólogo de un artista. Estados Unidos, el absurdo. Una pequeña casa debilitada sobre un montículo de tierra seca, con vidrios partidos sobre un suelo similar a uno de mosaico en el Bronx. Una falla de construcción ahora pisoteada por chicos. Pero, en ese entonces, la asustó. Un lugar enterrado en sí mismo. Calmo, acusador. Habitaciones frenéticas escondidas. Fragmentos de piel sobre la tierra seca. Ruinas. En alguna parte, una habitación donde eso sucedió. Un lugar, una esquina, materiales manchados y envenenados. Dedos deslizándose débilmente por la madera para que la dejen salir, salir y salir. Esforzarse por escuchar una pequeña boca que se abre y se cierra, se abre y se cierra, como un pez que se está muriendo. La suciedad, como un susurro que atraviesa el umbral. La respiración en su cuello, en sus orejas, en su espalda. El sonido lento y asfixiante. Entonces, Anne salió corriendo rápidamente de allí, el camino subía y bajaba, subía y bajaba, siempre subía y bajaba, como si la pequeña casa fuera demasiado frágil a su vista para acercarse y las habitaciones cambiaran y se modificaran en su mente hasta ser distintas cada vez. Un despliegue eterno de una muestra de muebles perturbadora. Habitaciones que conducen a habitaciones que llevan a otras habitaciones. El miedo en las cortinas como humo de cigarrillo. Y siempre, nunca un final para el lugar. Pol Pot, Pol Pot, Pol Pot.

Anne se apoyó sobre la piedra y miró hacia el motel. Escuchó los sonidos distantes del chapuceo del agua y luego, voces. Un grupo en la piscina. Escupió, y luego dio un paso hacia adelante, luego otro, la parte baja del motel se acercaba cada vez más. Ella se corrió de la piedra, no la volvió a mirar y respiró profundamente como si se desvaneciera, como recuperándose de un vacío de gravedad. El motel se veía más cerca y su cercanía lo hacía parecer más real, como si una transformación estuviera sucediendo. Las moléculas daban vueltas y se agitaban. Anne llegó al borde de luz y se detuvo. Las personas en la piscina eran jóvenes, adolescentes. Anne los miró luchando en el agua. Una chica de pelo castaño y largo, sentada sobre los hombros de un chico, intentaba sostenerse. Los otros se pararon a mirar y le daban indicaciones. La chica se paró por un momento y luego, con la cara ensangrentada, los brazos en alto y un leve temblor en las piernas, miró hacia la oscuridad dónde estaba Anne, que quiso decir algo, pero se encontró con el alarido de aquella adolescente. Memorias tribales se desataron de la boca de la chica de quince años para golpear a Anne, justo en su cara como una bofetada perfecta, mientras aquella desaparecía, se soltaba de los hombros del chico y caía al agua, bajo un sonido de aplausos y risas vagamente desagradable; mientras Anne salía a la luz, se movía rápidamente hasta encontrarse del otro lado de la baranda y, más tarde, de nuevo en su habitación, desnuda, sentada en la cama, mirando a través de la ventana, pensando en el día siguiente y aplaudiendo junto con los adolescentes, tal vez llorando, escondida una vez más en la oscura habitación, su corazón retumbando en el desierto frío y tan lejos del Bronx y de esa pequeña casa cerrada como una persona en este mundo puede llegar a estar.


Pol Pot

Anne had driven out earlier in the day with several other friends who were now back in the motel asleep. It had been morning then and the desert had seemed endless and lunar. It had made her feel oddly vulnerable on the black highway, as if at any moment the sand was capable of reaching over and dragging them under. Later, when they were all sitting around the pool slightly drunk, Anne had suddenly dived into the water, pushing herself to the bottom. She had sat there looking up at the blinding sun and the blurred images of her friends diffused through the water. They had looked like alien beings caught in a slowed down and silent world. Strange atmosphere rendering them clumsy and useless. Rising slowly to the surface, Anne had stood at the far end of the pool and watched them, their talk silenced for a moment, bodies relaxed, the only noise an ice cube suddenly shifting in a glass. A painterly arrangement of forms and shapes, clouds abruptly appearing to soften the sunlight and make every detail outsized and important. The light becoming lavender and delicate. It was like the hushed moments before an eclipse, people reverted to gaping, silenced apes. Anne had watched them and then climbed out, her body sounding impossibly loud against the thin white towel she had used to dry herself off with.

Dinner was in a small restaurant off the lobby that had been decorated like a ship, the waitresses all in mock sailor suits and moving with an air of forced hilarity, as if they knew how desperate it all was, but were afraid that any admission on their part would somehow get them all into trouble. Anne and her friends had joked with the woman assigned to them. She was older, heavy, amused by the smart remarks and put downs. The shrill energy that somehow matched the netting and brass portholes on the wall. Anne found herself watching the woman, being aware of her in the corner of her eye, observing how she wrote their order on a small pad, a pen indented with teeth marks, the eraser a sickly gray color, crumbling slightly in it’s little metal holder. She realized she would always be sitting in places like this, using her water to clean off soap spotted knives, squeezing lemon slices into flat soda, believing in the second gunman on the grassy knoll.

When they had all left the restaurant and were standing in the lobby deciding where to go next, Anne had stared as their waitress cleared the table, her movements as precise and ordered as some wordless Druid ritual. A listless circus animal heaving itself heavily in some grotesque tableau. When the woman found her tip she had lifted it quickly, her hand becoming scoop shaped, the money placed into an apron pocket without being looked at, as if making eye contact with the bills would somehow damage them. Anne gazed as the heavy back encased in the humiliating blue sailor outfit suddenly consumed the waitress, displacing her from the scene visually, till Anne could not recall what she had been looking at a few minutes after averting her eyes more abruptly then was necessary.

They had decided on a local club that catered to tourists like themselves; people away for long weekends staying at slightly shabby resorts. It was an enormous shed decorated in a mocking eskimo village motif. Tattered igloos made of chicken wire. White plastic snow and drinks served in faux crude mugs. As if a culture that was never warm could not be expected to produce delicate craftsmanship. Disco as an act of defiance against the absoluteness of the desert. The awful topography just outside being ridiculed even as the drifting sand threatened the highway.

Encircled by miles and miles of desert, a person could order Long Island Ice Teas while sitting on styrofoam icebergs marked with uncountable scuff marks. Anne and her friends had glided through this place warily, as if they needed to avoid exposure to some hidden comic book substance that would rob them of their power. A small box with an attached lid. Awful green rays pouring out in small straight lines. It had been here that a man had touched Anne. He had simply held out his hand, so that in passing, her hair would ride over the tips of his fingers. When she had turned to look at him the man had walked away, as if this small intimacy had suddenly deformed her with it’s heavy bruising strangeness. She had felt weighed down with something wounded and grasping. A dark swaddled thing that would soil her in dying. She had watched him walking through the crowd like a graceful aged cat burglar, beautiful olive brown hands resting suspended by his sides, the smooth fingers slightly bent, relaxed. Each one like the thick leg of a dangerous spider. He held them like they were odd live things. Strange pets that adorn eccentrics at street fairs or on Sundays in large urban parks. The uncorrupted hands of a Saint freed from the reliquary for a panting, diseased crowd.

At two when the club closed, they headed back to the motel and sleepily dispersed. Alone in her room, Anne had quickly undressed and placed herself on the bed, her clothes laying deflated in small piles on the carpeting. It was quiet. From her window she could see the pool. It was lit from beneath, looking small and miserable. An incompetent device where futile waves brushed against the dirty plastic sides. Anne stared over at her clothing. The flat circles of material like the remains of some recently molted lizard. She picked up one of her blouses and ran her fingers over a piece of stitching, her hands nuzzling a button, passing slowly around a pocket till the entire garment had been touched, as if the shirt were some new form of braille. Anne threw it back down. She felt betrayed, furious suddenly at her clothes. They had let her down. The colors were wrong. Some sort of mutation had occurred without her permission. She felt hatred. Her suitcase would pay for this. She would kill the Samsonite family. She dressed again and stepped outside. The air was damp, the highway empty, circles of light making it a corridor in some recently abandoned palace, the Royal Family weeping as shelling sounds in the distance. Anne walked over to the pool and leaned against the low railing that bordered the desert. She stared out at a large elevation of rock in the distance. It sat there like some darkened and abandoned ocean liner. Muscular. She stood looking at it a long time before slipping over the low fence and walking swiftly towards it.

She wasn’t scared. She was not one of those women perpetually afraid of insects, snakes, given to attention getting hysteria when the occasional waterbug came thumping across her wall. She moved quickly, efficiently, her feet crunching on the sand, the brush, small rocks. It was like walking through the ruins of some dead city. Here was once a marketplace. Here was where an inn stood. This is where slaves were sold until the lava that fateful morning…and on and on. She reached the outcropping and stopped. The motel behind her seemed ridiculous looking now. Like an enormous piece of junked machinery. She leaned against the surface of the rock. It was cool, almost cold. She felt the cracks, curves, small indentations. There were discolorations and an obscure odor. It was a dead thing. Huge and dense and hulking. A hard dead thing that was being eaten by the wind. Anne pushed herself away and began circling the rock, its stupidness making her angry again. She ran a bit, completing a full turn and then stopped, furious also at the flatness around her, as if it had all been someone’s mistake, an instruction misunderstood. Anne picked up a gnarled branch and threw it into the air. It vanished noiselessly, as if caught somewhere in the darkness, suspended in a pair of mocking arms. She wanted something hard and solid beneath her feet. A floor, wood cut into parquet shapes from some Eastern factory.

Nature defeated and submissive. Form not following function. Her Grandmother’s floor. In the Bronx. An apartment house across the street from a small park. A big art deco apartment house with aspirations beyond them all. She remembered pressing her ear against that floor, beneath the dining room table, listening to vibrations, muted voices. A secret world honeycombed. The tablecloth hanging to the floor. She had played in that park across the street, alone, her hair pulled back and held with a white cloth band. Wearing dresses and good shoes. The benches lined with older women who would sometimes close their eyes and sit there unmoving for minutes at a time. Eyelids coming open with reptile slowness as Anne would walk around and around the park. The mounted old women rising occasionally, dresses, skirts, blouses, handbags looking impossibly heavy. Slow moving warships. And there in a corner of the park, on a miserable rise of land, the locked country home that Edgar Allan Poe had lived in, looking like some prop from an early discarded esoteric draft of The Wizard of Oz. Edgar Allan Poe in the Bronx. Mayor LaGuardia as the Good Witch and Jack Dempsey as the Wizard. The Studio is not amused. Anne laughed. Poe Park. She was smiling, the air around her cool, biting, substantial. Poe Park. It even sounded funny. Like Pol Pot said over and over. It was a punch line or some element in a performance artists monologue. America the absurd. A tiny withered house set on a mound of dry earth, broken glass embedded in the soil like a Bronx version of a mosaic floor. A failure of a building now pissed on by groups of boys. But it had frightened her then. A place entombed upon itself. Quiet, accusatory. Hidden frantic rooms. Fragments of skin in dry soil. Remains.

Somewhere a room where it happened. A spot, a corner, old material stained and venomous. Fingers pawing weakly at the wood to be let out, let out, let out. Straining to hear a small mouth opening and closing, opening and closing like some dying fish. Filth whispered delicately beneath the sill. Breath on her neck, her ears, her back. The sound of a slow smothering. So Anne had run quickly away from it, the path winding up and around, up and around, always up and around, as if the little house were too fragile for her to approach, the inside rooms changing and reconfiguring themselves in her mind till they were different each time. An endless display in a deranged furniture showroom. Rooms leading to rooms leading to rooms. Dread in the curtains like cigar smoke. And always never an end to the place. Pol Pot, Pol Pot, Pol Pot.

Anne leaned against the rock and looked back at the motel. She heard the distant sounds of splashing water and then voices. A group in the pool. She spit once and then took a step forward, and then another, the low bulk of the motel growing closer and closer. She left the rock, not looking at it again, breathing deeply as it receded, as if recovering from some gravitational pull. The motel glided closer, it’s growing nearness making her seem more real, as if there was some transformation occurring. Molecules spinning and whirling. She reached just outside the rim of light and stopped. The people in the pool were young, teenagers. Anne watched them wrestle each other in the water. A girl with long brown hair stood on the shoulders of a boy and tried to hold herself still. The others stopped to watch, coach her on. The girl stood slowly upright for a moment and then looked out at where Anne stood in the darkness, the adolescent face flushed with blood, arms up, a slight trembli ng i n the legs, Anne wanting to say something till the girl suddenly shouted an old sounding cry. Tribal memories released from the mouth of a fifteen year old to hit Anne, alighting on her face like a perfectly placed slap, the girl gone, conjuring herself off the boy’s shoulders and into the water, the sound of applause and laughter vaguely unpleasant, Anne stepping into the light, moving quickly till she was on the other side of the railing and then back in her room, nude, seated on the bed, watching the window, thinking about tomorrow and finding herself applauding with the teenagers, crying perhaps, hidden again in the dark room, her heart a loud drum there in the cold, cold desert and as far from the Bronx and that shuttered little cottage as one person on this earth could possibly get.


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Roger Schira

Nueva York, 1958. De madre irlandesa y padre puertorriqueño. Estudió Escritura Creativa en City College en Harlem y más tarde Actuación en Neighborhood Playhouse. Su obra Kuba fue desarrollada en el Proyecto de dramaturgos hispanos de South Coast Rep y en 2016 fue traducida al español y producida por la compañía de teatro Los Bocanegro de la Ciudad de México en El Foro Shakespeare. Fue repetido por ellos en 2017 en la Sala Novo de El Teatro La Capilla. Su cuento Noticias de su país fue presentado en la antología Vírgenes, Guerillas y Locas publicado por Cleis Press. Él vive en la sección de Washington Heights de Manhattan.


 

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Daniel Rodríguez

Quilmes, Argentina. Es licenciado y profesor en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Quilmes. Ha publicado trabajos como periodista y como traductor. Su trabajo se orienta hacia la crítica cultural y el análisis político.

 

 


Antonella Cicconi
Antonella Cicconi

Es Intérprete en idioma inglés y Traductora literaria y de especialidad en idioma Inglés egresada de la Facultad de Lenguas Modernas de la Universidad del Museo Social Argentino. Finalizó sus estudios de Intérprete consecutivo-simultánea en el Centro de Capacitación de Intérpretes y Traductores y pertenece a la Asociación Argentina de Traductores e Intérpretes (AATI) desde el año 2016. Cursó la especialización integral de traducción económico-financiera a distancia con la Traductora Pública (UBA) Alicia Merli. Trabaja en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa dictando clases y desarrollando exámenes y en Help!, Centro de estudios en Lengua Inglesa, su proyecto personal, donde es directora y coordinadora de cursos y proyectos. Actualmente, cursa el posgrado en Traducción Simultánea en el Centro de Capacitación de Intérpretes y Traductores.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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