Personas, personajes

Foto: Biblioburro.

 

«Sólo sé de una ocasión en que un libro no se restituyó -me dijo-. Además de los libros prácticos habituales, habíamos llevado una traducción al español de La Ilíada. Cuando llegó el momento de entregarla, los vecinos del pueblo se negaron a hacerlo. Decidimos regalársela, pero les preguntamos por qué querían quedarse con aquel libro concreto. Nos explicaron que la historia de Homero reflejaba exactamente la suya: hablaba de un país desgarrado por la guerra en el que unos dioses enloquecidos deciden el destino de los seres humanos que nunca saben exactamente por qué se libra esa contienda ni cuándo los matarán».

Entrevista de Alberto Manguel al bibliotecario de un proyecto de bibliotecas itinerantes organizado por el ministro de Cultura de Colombia en 1990.

 

En mi columna pasada, que no llegué a escribir, iba a hablar sobre las elecciones presidenciales. Sacarme cuatro cordales y cierta desazón por el panorama político de Colombia fue lo que me alejó del teclado y, finalmente, de la escritura. Leí, vi noticias, estuve atento a las redes sociales y vi series de ficción.

La realidad, a diferencia de lo que dice el dicho, no supera la ficción. Recuerdo, hace unos años, haber leído un artículo sobre un estudio. Un grupo de neurocientíficos llegó a una conclusión: la lectura te hace más empático. Leer ficción te permite entender que hay otro, y que ese otro piensa diferente. Y también te hace preguntarte por el uso de las palabras, por el lenguaje que usas a diario, por la forma en que decides comunicarte con los demás. Pero hay personas que, aunque han leído mucho, a pesar de citar a diestra y siniestra autores de todo el globo, no parecen ser muestra de lo que dicen los estudios de neurociencia.

Sospecho que, si ese estudio fuera realizado en Colombia, los hallazgos serían un poco diferentes. Aquí, como lo decía Conrado Zuluaga en una de sus clases, leemos, pero no sabemos leer. Saber leer va más allá de reconocer las líneas sobre la página, y de seguir una secuencia lógica de izquierda a derecha. Leer también tiene un componente de interpretación, y de saber poner en contexto lo leído. Quizá los índices de lectura en Colombia sean buenos en comparación con otros países, pero ¿realmente importa qué tanto y qué tan rápido leemos si no sabemos interpretar?

En esos días de inacción, de desgano y desasosiego, empecé a sentirme en una de esas realidades que, supuestamente, supera la ficción. La gente en las noticias, la gente en las calles, la gente en la radio, la gente en las redes sociales estaba construyendo dos historias diferentes, contrarias la una a la otra. Había también quien no contaba una historia ni la otra, pero que, contra su voluntad, se veía cercado por ellas. Entonces comencé a notar un factor común en varias de las personas que defendían una de las dos historias dominantes. La palabra verdad estaba en sus discursos.

La verdad, en la ficción, cambia de lugar. Cede su hegemonía dominante, cede su armadura de rigores y se desnuda. En la ficción comprendemos que la verdad es conjunta, en vez de impuesta. Que es una masa informe que no puede ser declarada con palabras. La ficción nos recuerda que la diversidad contiene la unidad, y que la unidad no puede ser impuesta. Como dice Hölderlin en su Hiperión, o el eremita en Grecia: “Formar una sola cosa con todo lo que vive, significa que la virtud abandona su cetro, y todos los pensamientos se borran en presencia de este universo enteramente uno…”.

Uno de los grupos políticos construyó una narrativa hegemónica, vertical. Una narrativa que es una verdad cubierta por una armadura de palabras con una interpretación impuesta. Una verdad que no existiría si no hubiera gente que la replicara sin interpretarla desde un criterio propio. Es decir, una narrativa que necesitaba personajes poseídos por un discurso, no personas, para existir.

Del otro lado, del de los “perdedores”, la narrativa es horizontal: su verdad necesita personas, y no personajes, porque nace de una lectura que pone en contexto la realidad, que invita a interpretar con autonomía. En este caso, la verdad se construye a partir de la lectura de la realidad. En el anterior, la verdad es previa a la lectura de la realidad. Y la gente que asume un discurso previo a la lectura se convierte en un personaje que repite, un predicador. La gente que construye su discurso después de la lectura mantiene su condición de persona, y es capaz de pensar, decidir, y ser libre.

Esos personajes, que dejaron de ser personas, no dejan de ser reales; por eso están convencidos de ser personas que saben leer e interpretar. Para ellos, la realidad siempre supera la ficción. Pero ficción y realidad no son comparables; si lo fueran, la ficción sería superior a la realidad. Sus personajes, los de la ficción, presos dentro de un libro, logran que sepamos lo que es la libertad. Las personas, “libres” en la realidad, logramos convertir la libertad en una palabra, y apresarnos dentro de sus ocho barrotes inasibles.

Santiago José Sepúlveda Montenegro

Autor de la novela Ayer terminará mañana, y finalista del VI Premio nacional de cuento de La Cueva. Fundador y organizador de 'Tómese un tinto con', ciclo de conversaciones sobre libros con sus autores en Café Nicanor y su Librería Hojas de Parra.

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