«Mi defecto de fábrica», un cuento de Nicolás García Trujillo

En El territorio del cuerponuestra edición de mayo, les  presentamos un cuento de Nicolás García Trujillo* que explora la relación que existe —aunque no lo crean— entre el amor y el vómito—.

Ilustración: Sara Viviana Ortiz Giraldo

 

¿Por qué llorar por alguien cuando se puede vomitar?

Desde que tengo memoria, vomito. De los primeros recuerdos que tengo es en el cumpleaños de mi hermano vomitando en una piscina. Tenía cuatro años y mi hermano siete. Uno de sus amigos me había arrebatado mi osito panda de peluche y lo había arrojado a un pantano. Vio que mis ojos se clavaron en el panda ya todo negro, me señaló con el dedo y comenzó a reír. Sentí cómo mi garganta empezó a quemarse por dentro y corrí hacia la piscina, tal vez por algún reflejo en mi subconsciente que me dijo que no podía quedarme donde estaba parada. El agua trasparente de la piscina se manchó de un verde oscuro y el fuerte olor a cloro fue reemplazado por uno aún más fuerte y hediondo. Lo único que pensé mientras vomitaba era en el amigo de mi hermano y cómo deseaba no volverlo a ver en mi vida. 

Una sobre activación del sistema nervioso simpático fue lo que le dijo el médico a mi mamá. Normalmente, el funcionamiento de ese sistema inhibe el del parasimpático, que se encarga de la digestión; al estar uno excitado, el otro se duerme. Cuando se siente una emoción muy fuerte, se liberan unas hormonas que inhiben al parasimpático, lo que causa que el tracto gastrointestinal deje de moverse y la comida se devuelva. Básicamente, si hay mucha emoción, hay mucho vómito. Cuando el amigo de mi hermano me arrebató el peluche, me llené de rabia y mi cuerpo no supo responder más que vomitando. La emoción fue tanta que me desbordó a mí y a mi cuerpo, y tuvo que buscar la manera de salir. 

Descubrí a lo largo de los años que no me tomaba ninguna emoción a la ligera, lo que significaba que había vómito por todas partes. Una pizca de felicidad para alguien podía ser para mí una enorme dicha, y una pequeña rabieta, un gran odio. Lo empecé a considerar como un defecto porque no ser capaz de controlar mi cuerpo me hacía sentir que no era mío, sino de las personas y cosas que me hacían vomitar. Se convirtió en rutina que, a cada avistamiento de cualquier emoción, tenía que correr al sanitario para no generar un desastre. Y sí que era un desastre, porque dependiendo de cada emoción, el vómito era de un color diferente. Me costó mucho tiempo darme cuenta, pero fui siendo capaz de asignarle un color a cada emoción: rojo al estar feliz, azul, triste; verde, enojada; marrón, estresada; morado, impotente; negro, enamorada. 

Hace unos años vomité mucho negro.

En los primeros meses de mi segundo año de universidad mi mejor amiga me invitó a una lectura de poesía en un bar cercano al campus. Era la primera vez que leía su obra en público, y me dijo que necesitaba compañía porque creía que si iba sola saldría corriendo en el momento en el que la llamaran al escenario.

El sábado en la noche llegamos al bar a eso de las seis. Mi amiga parecía un terremoto en su ser y casi deja caer el micrófono cuando hizo la prueba de sonido. A las siete subió al escenario el primer poeta. Para la mitad de la noche ya habían subido casi todos, y la mayoría de sus poemas eran sobre amor. Mi amiga me murmuró al oído que le parecía bastante cliché hablar siempre del amor, que había muchos más temas por explorar, y que, por culpa de esos poetas, muchísima gente pensaba que poesía era sinónimo de amor. Hice una pequeña sonrisa y le asentí, pero no le respondí nada porque en realidad no sabía nada de poesía. Me gustaba escuchar mi amiga declamar su obra, pero jamás había cogido un libro de poesía en mi vida. 

En el momento en el que se bajó el poeta —cliché, según mi amiga—, sonó el tilín de la puerta al abrirse. Volteé y vi al hombre más hermoso que había visto en mi vida —cliché—. El dueño del bar se acercó y le dio la mano sonriendo. Mi amiga me dijo al oído que era el poeta que iba a cerrar la noche, quien iba justo después de ella. El Poeta se dio cuenta que lo estaba viendo y me sonrío. Yo le devolví la sonrisa e, inmediatamente dejó de mirar, giré mi cuello para que no viera mi cara de vómito. Hubiera corrido al baño, pero ya era el turno de mi amiga.

Cuando ella bajó y él subió, quedé impactada. No solo era hermoso, sino que su voz también lo era. Dulce pero al mismo tiempo grave y rígida. Varías veces lo atrapé mirándome, las mismas que él me atrapó a mí. Cuando terminó, los asistentes aplaudieron y muchos se levantaron para irse. Mi amiga y yo hicimos lo mismo, y nos hubiéramos ido si El Poeta no me hubiera detenido. Me saludó y me entregó un papel doblado. Me dijo que era un poema que no había tenido tiempo de declamar. Propuso que si algún día quería hablar con él sobre ese poema y otros, lo llamara. Me sonrió y, antes de que pudiera responderle, se despidió de mí y mi amiga. Ella se rió y me dijo que le diera una oportunidad: no había escrito ningún poema de amor.

Llegué a mi casa a vomitar. Mucho. Cuando creía que ya había sido suficiente, me asaltaba otra arcada y volvía al inodoro. Al final, quedó una mezcla asquerosa de negro y rojo. Abrí el papel y leí el poema. Era de amor. En una esquinita estaba su celular. Doblé la hoja y la puse en mi mesita al lado de la cama.

En mitad de la noche me desperté entre un charco negro y espeso. Ya me había pasado otras veces, pero nunca con negro.

Al día siguiente llamé a El Poeta y quedamos de encontrarnos en la tarde a tomar café en un restaurante cercano de la Universidad; resultó ser que estudiábamos en la misma. Me tragué dos pastillas de Alizaprida para no ir a tener ningún accidente colorido, y salí de mi casa. Llegué al restaurante y él ya estaba ahí, más guapo que el día anterior. Me vio y sonrió. Hablamos de él, de mí, y de sus poemas. Me preguntó si yo escribía y le dije que me limitaba a escuchar y leer. Volvimos a hablar de él y sus poemas. Cuando se hizo tarde, dando las diez de la noche, le dije que ya debía irme. Me ofreció a acompañarme a mi casa. A mitad de camino cogió mi mano, y a los tres cuartos ya acariciaba mi palma con sus dedos. Al detenerme frente a la puerta de mi casa me dio un beso corto en la parte de atrás de mi cuello. Voltee a verlo, pero él ya se había inclinado para darme un beso en los labios. Giré mi cuerpo y puse mis brazos en sus hombros, alrededor de su cuello, y descargué ahí mis miedos, problemas e inseguridades. 

Nos empezamos a ver cada vez que podíamos. Y él me escribía poemas y a veces me los declamaba y otras veces los escondía en el bolsillo de mi chaqueta para que los encontrara cuando llegara a casa. Y cuando me abrazaba sentía que él me protegía y yo a él. Y al besarnos se suprimía el resto del universo y los únicos cuerpos que importaban eran los nuestros. Y sentía cada vez más y más cuando estaba a su lado, cuando lo escuchaba, cuando me tocaba. Y mis pelos se ponían de punta y mi corazón se aceleraba cuando me acordaba de él. Y un ardor en el pecho me insistía que lo buscara, que no era capaz de estar sin él. Y todas las noches cuando llegaba a mi casa me quedaba horas rezándole al inodoro y pidiéndole que nunca me apartara de El Poeta. Y empecé a escribir sobre amor porque sentía que me desbordaba y el vómito negro no era capaz de destilar todo mi afecto. Y llegó el punto en el que todos los días tenía que escribir y derramarme en tinta. Y creí que no había suficiente papel en este mundo para encajar mis sentimientos. Y me di cuenta que mi amiga estaba equivocada, porque escribir de amor no es cliché, sino que se deben encontrar otras maneras de hacerlo, porque todos amamos de manera diferente, y es así como debemos escribir. Y si no lo hacemos, si no escribimos como amamos, solo estamos copiando a otro. 

Esa noche tocar el cuerpo ajeno fue como tocar el propio. La caricias de la punta de sus dedos en la parte de atrás de mis muslos hicieron que estar expuesta, indefensa, vulnerable, no fuera un problema. Quería estar ahí, encima de esa cama con él encima de mí. Él habitaba mi cuerpo mientras yo el suyo, y cada gesto, silencio y grito ahogado nos pertenecía a los dos. El final fue eufórico, pero lo más importante fue el misterio, la intriga, la curiosidad de cómo iba a reaccionar el otro a cada beso, contacto y roce. 

Me di cuenta de que había otras maneras de vivir en mi cuerpo. Mis fuertes emociones no tenían que ser las causantes de algo sucio como el vómito, sino que guardaban la capacidad de comunicarle al otro todo lo que yo era capaz de dar y  lo que quería recibir. Aprendí a sentirme dueña de mi cuerpo, lo que me daba control sobre él y, aunque no fuera capaz de refrenar mis emociones, tal vez sí era capaz de apaciguar lo que salía de mí. 

Al otro día me desperté esperando un mensaje suyo de buenos días, como siempre. No vi nada, pero no le presté atención y simplemente decidí tomar yo la iniciativa. A las tres horas respondió con un seco hola y no dijo nada más. Le pregunté si quería salir en la tarde y me respondió que debía acompañar a su hermana a hacer unos trámites para entrar a la universidad. No le di mucha importancia y me dediqué a leer los poemas de mi amiga. El siguiente día fue igual, le escribí deseándole unos buenos días y no me respondió hasta muy entrada la tarde. Le dije que saliéramos esa noche, que quería verlo, pero él me dijo que no tenía plata para salir, a lo que le respondí que no importaba, que yo lo invitaba, o que ni siquiera teníamos que gastar, que caminar y hablar con él era suficiente, pero me dijo que no podía salir de la casa. 

Empecé a sospechar y me preocupé mucho. No parecía tener energías ni ganas de verme, ni siquiera de hablar. Era casi como si le incomodara que lo yo lo buscara. Me acordé de todas las historias que me contaban mis amigas de los hombres que prometían cielo y tierra, y después de un polvo no volvían a dar la cara. Pero así no podía ser El Poeta, el hombre que salió conmigo tres meses y nunca me presionó a nada, no como esos hombres que aprovechaban la primera oportunidad que ven para salir de una mujer y saltar a la siguiente. El Poeta, el hombre que me escribía poemas de amor, no podía estar conmigo solo buscando una diversión carnal. Yo lo conocía. Él no era así. 

Esa noche estuve pegada al sanitario vomitando marrón y al día siguiente me levanté en un charco morado. Me hice la tonta y miré mi celular a ver si me había escrito algo, siendo muy consciente de que no habría nada, y así fue. Empecé a sentir  mucha rabia y tuve que correr al baño. No era justo que me tratara así. Si me iba a terminar, debía tener al menos las güevas para decírmelo en la cara. Que dejara de ser un cobarde y se hiciera responsable de sus decisiones.

Era sábado y sabía que estaría en su casa. Sabía donde vivía porque una vez me lo había dicho, pero nunca me había invitado. En el camino todo empezó a tener más sentido: nunca me presentó a sus amigos ni a su familia, nunca me preguntó por mí, por lo que hacía, por lo que sentía; siempre terminábamos hablando de lo mismo: él y sus poemas. 

Llegué a su casa y toqué la puerta. Cuando me vio, pasaron por su cara más emociones de las que puede contar. Me preguntó qué hacía ahí. No salió de su casa ni me dejó pasar. Se quedó parado en el espacio de la puerta entreabierta. Le pregunté por qué se había distanciado, por qué me había empezado a ignorar. 

—Me aburrí.

Pum, primer golpe en el pecho. 

Cuando me recuperé y pude hablar, le dije:

—¿Así que todos los poemas de amor quedaron en nada?, ¿todo el amor que me tenías?, ¿dónde quedó eso?

—Nunca dije que te quisiera, mucho menos que te amara. Y nunca pretendí hacerlo.

Pum, segundo golpe en el pecho.

—¿Entonces para que hiciste todo eso?, ¿para qué me buscaste?— le pregunté.

—Necesitaba compañía.

Pum, tercer golpe en el pecho.

Me hizo un gesto de «lo siento, pero así son las cosas», y cerró la puerta de su casa.

Comencé el camino de vuelta a casa con paso rápido porque sentí que en cualquier momento iba a vomitar. Me sentí como una estúpida porque dejé que me viera la cara de estúpida, pero aun más estúpida porque me creí el cuento del fiel y romántico poeta enamorado. Empecé a sentir desprotección y fragilidad. Noté una presión que venía desde mi cabeza que me dejaba débil, chiquita, indefensa. Me aplastaba. La persona que me daba seguridad me la quitó de la nada, como si me hubiera arrebatado el piso en el que estaba parada. 

Los días posteriores lo único que pasó por mi cabeza fue que había sido mi culpa. Que había sido yo quien había entregado todo el corazón sin haberme mesurado. Por mucho tiempo él me hizo pensar que tal vez mi mayor defecto no era vomitar por sentir, sino simplemente sentir mucho. Si tal vez hubiera sido capaz de controlar mis sentimientos, de guardarlos dentro de mí, mi cuerpo no respondería con algo sucio, colorido y fétido. Tal vez toda mi vida el vómito fue una advertencia: no sientas mucho, vas a salir herida; no sientas mucho, eres muy frágil para vivir con las personas de este mundo.

Pero lo peor de todo fue el punzante deseo de volver. De volver a sentirme querida, aunque no lo fuera. ¿Qué podía hacer si ese había sido el único afecto que me habían dado hasta entonces? Mejor que me use, a nada. Además, ¿qué iba a hacer yo con todo el amor que tenía para dar?

Llegué a mi casa y corrí al baño para no ir a dejar un desastre azul. Ya sentía como mi garganta empezaba a quemar y como mi cuerpo se movía de todas las maneras incorrectas. Cuando me arrodillé frente al sanitario y abrí mi boca, un fluido delgado e inodoro salió de mi boca. No tenía color.

 


* Nicolás García Trujillo (Medellín). Estudiante de séptimo semestre  de Comunicación Social en la Universidad Eafit. Se apasiona con las narrativas y estudios de ficción.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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