El hundimiento del Titanic

“(…) dejaron
pasar a otros, prestándole atención
 respetuosamente,
y esperaron hasta que se ahogaron”.

 

Ha muerto Fidel Castro, y uno se pregunta si en nuestra generación, con el pasar de los años, va a aparecer una figura tan compleja, tan fuerte y digna como la de él, pese a sus filias y sus fobias. A lo mejor no, porque este siglo naufraga en el capitalismo. Lo escribo y siento asco de mí mismo. Jamás pensé poner esa palabra en una página, por lo tanto, para pasar la inesperada sorpresa que me produce la desaparición del líder cubano, firme en su ley, de cara al sol, en medio del naufragio del mundo, quiero reseñar El hundimiento del Titanic. Un poema épico como pocos en nuestro tiempo, compuesto por treinta y tres cantos, inspirado en La Divina Comedia de Dante, cuya escritura empezó en Cuba en 1969.

Al lanzarnos en las aguas de este libro de Hans Magnus Enzensberger somos como el capitán Lord que, cerca del naufragio,  manda retirar a su telegrafista “para poder disfrutar a solas de las señales de auxilio y de los gritos de los ahogados, sin que ningún mensaje le moleste”, pues la lectura de El hundimiento del Titanic nos asegura, en altamar, la mejor vista a la devastación: en nuestra litera, mientras un café humea y un cigarrillo se enciende, vemos cómo un iceberg indolente espera en silencio que un barco aparentemente ineluctable vaya al encuentro de su guadaña de hielo, un barco que es el totalitarismo o, si se quiere, la acentuación del drama personal del autor que nace en las manos de una partera sangrienta: el declive del socialismo y la podredumbre dictatorial.

No nos pertenecen el músico que arrastra su violoncelo moribundo, los árabes jinetes que, para acampar en cubierta, abandonan el lienzo donde manos renacentistas intentaron trastocarlos de eterna inmovilidad, ni la boca de agua que todo lo traga y todos la tragan. Nuestra, sí, es la contemplación de la metáfora viva, es decir, de la metáfora consciente de su inminente ahogamiento. Sólo la contemplación nos pertenece y reluce, asimismo, nuestra abyección moral pues nunca antes una catástrofe de más de un millar de víctimas, había sido tan esclarecedora, vivificante y, ante todo, divertida.

El iceberg revienta con inocencia la ciudad navegante, nos lo dice Enzensberger, y en sus palabras vemos su hundimiento. Las clases sociales aún ante la muerte esperan su turno correspondiente -las estadísticas señalarían, primaveras después, que los sobrevivientes de la clase obrera serían menos- y en el mundo vapores y buques llegarían a puerto a la hora señalada. Entretanto, pensamos en nuestro país, en el encierro que es habitar su historia, en los barrotes que son sus libros y en los pocos poetas que han andado sin cadenas. Bajo la tierra que hace florecer cafetales y que hace crecer pastos y verduras, ¿cuántos barcos como el Titanic yacen silenciados? Regímenes que nacen para proteger una idea o el interés de un sujeto. ¿Cuál es nuestro papel? ¿Esperar que pasen los poderosos o, como Góngora, que “traten otros los gobiernos del mundo y sus monarquías”? Calo una vez más el cigarrillo y sorbo el café y la respuesta se me presenta en el humo: un poeta es un narrador desde una caja cerrada herméticamente por razones de seguridad, o es el espectador feliz de una desgracia desde una proa distante.

En Colombia, guardando un enorme respeto por la tradición poética y teniendo en cuenta la singularidad de Enzensberger, no ha habido un poema como El Hundimiento del Titanic. Como Barba Jacob, hablemos de Colombia como un país que no es el nuestro y digamos, “ese país suramericano”. Ya tenemos un país a prueba de sorpresas marinas. Ya tenemos una casa navegante para escapar más perfecta que el iceberg verdugo del Titanic, y esa casa, nos lo enseñó Enzensberger en su libro de aprendiz de náufrago, es la poesía.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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