“Nadie canta en la carreta que lo conduce al cadalso”

Una semblanza de la vida y obra de la poeta colombiana Mery Yolanda Sánchez.

Por: Santiago Mutis Durán

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El Atajo

Aunque El Atajo recibió un segundo premio de novela, este libro es otra cosa, no por experimentación o exploración, sino por la dolorosa honestidad que lo obliga a resignarse a su necesidad, a su espanto, a la realidad que se cierra a su alrededor “fuertemente como una mano”. Este libro es íntimo y brutal, secreto y abierto, sueño  y realidad, deseos destrozados y abismo público: crónica, denuncia, testimonio, diario, informe, conjuro… ¡y pesadilla! Nuestra realidad reclama un esfuerzo formal semejante,  para poder ser contada, vivida, sobrevivida, sufrida, ya que no es ni siquiera una vida propicia a la vida misma, pues ni la favorece ni la dignifica. Sólo exponiéndose a ella se podrá saber de qué se trata. Así, esta novela sea, tal vez, una advertencia.

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Mery Yolanda Sánchez

Abriéndose paso con una “doliente solidaridad” en nuestra cínica indiferencia –somos un pueblo roto–, publica en 1989 un primer libro de poesía, con el que enfrenta ante sí misma la barbarie, que ha sido desde siempre nuestra manera de entrar al Progreso –así lo llaman–, pues para América la globalización empezó con la Conquista, a la que entramos chapaliando en nuestra propia sangre, y así seguimos hoy, cuando el capitalismo ha hecho metástasis. No, Mery Yolanda Sánchez no nos ha traído miel en su poesía: “nadie canta en la carreta que lo conduce al cadalso”, como le gusta repetir a Juan Manuel Roca las palabras del poeta John Donne, que en Mery Yolanda vuelven a doler, cobrando sentido, y denuncian una realidad que es más un castigo, monstruosa, arrojando oscuridad sobre madres, hijos, e incluso sobre los ya muertos, empozados en su cuerpo de mujer (“soy la sombra de muchas almas”), para servir de amanuense de un país criminal, con palabras tan duras que rompen  los labios de quien las pronuncia.

Su poesía “grita la noticia” puerta por puerta, la noticia del espanto, con amarga, áspera ironía, con negro sarcasmo, llamándola “la misericordia de Dios”, arrojándonos a la cara el estricto nombre con el que una vez nombramos nuestra alma.

Somos un país en donde la verdad es una sentencia de muerte, un país que entra a su poesía y la destroza, y ella la vuelve a hacer, la remienda, pero la cicatriz crece desde adentro, como un oscuro monólogo, como un manantial que no cesa… de llorar. El dolor de patria, una y otra vez. Pareciera decirnos: arráncate el vientre, mujer, pues te harán vomitar tu nacimiento.

Su poesía ha sido por más de veinte años un puñado de tierra en la boca, de cal, ardiente. Se los dijo ya, a nuestros amos, Rojas Herazo: “patria es esa tierra seca entre las uñas”. Los caminos de la patria para su propia gente son: el de la huida –que desaparece–, el de la maldición y el del horror, en el que sólo “de rodillas” podrás avanzar.

En un breve y escueto poema, dice ella: “La niña me miró, apretó su muñeco y se desplomó conmigo”. Poema que nos hace pensar en lo dicho, hace muchos años, por el poeta cubano Eliseo Diego:

Estaba un niño jugando en un patiecillo en ruinas con sus soldados de plomo a guerras de cortesía. Desierta la casa en torno, toda callada y sombría; sólo el rumor se escuchaba de la leve artillería. Se abrió de pronto la puerta, la cara el niño volvía: de miedo a él mismo en la puerta el alma perdido había. Cuida que cuando regreses desde el final de tu vida, pueda mirarte a la cara el niño que fuiste un día.

No, nuestra realidad no es natural, normal, civilizada, mucho menos amorosa, aceptable. Por eso su poesía es agria, áspera, acre, hiriente… Y, según parece, “la función… apenas comienza”. Nos dice Mery Yolanda en otro poema: “La mujer que asesiné hace tiempo lava su ropa con la sangre de mi boca”.

Su infancia, su madre, su patria, sus hijas, su padre, pasados todos por un cernidor. Bestias horribles descienden de la oscuridad a beber en el agua de sus sueños. Cada orquídea de estos parajes es aquí un vómito de sangre: “Las mujeres arrullan” sus hijos “para la guerra”. Nuestra realidad raya los ojos. Cansada de “esconder el duelo”, de rodillas ante “su propia tumba”, sigue “el conteo de las oscuridades”, espantos, cantando vacíos. Hemos hecho de la vida un nudo ciego, y de nuestra casa “un hoyo”. El joven escritor Santiago Espinosa habla de su poesía, de una vida trunca, de sus poemas en prosa escritos al límite de la poesía misma y de su propia descomposición, sin dioses ni ley, sólo una “plegaria en las cenizas”, las “cuentas de un rosario roto”: último vestigio de salud para una historia enferma. O como dice ella misma, de manera brutal, de un país donde las almas tienen “doble fondo”: hemos convertido la vida en “un escupitajo”. Por eso su poesía es seca, como arena en los cuencos de los ojos. Del viejo rosal hemos salvado solo las espinas. Como nuevos ateos, aún seguimos culpando a Dios por el Mal en el mundo, por el mal recibido, no al gobierno ni a nuestro pobre, ebrio y libre albedrío.

Santiago Mutis Durán

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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