Las pasiones detrás de Frankenstein — María Fernanda Gómez

Lucifer, del escultor Liege Luc Viatour. Intervención de Daniela Gaviria.

 

Nos alegra presentarles en Pasión, nuestra edición de abril de 2020, una  reseña de Frankenstein, el clásico de Mary Shelley, a cargo de María Fernanda Gómez*. Ella nos habla de la novela desde lo personal, planteando interrogantes acerca de la monstruosidad y lo demoníaco, y recordando la necesidad de ver a la novelista como un ser en busca de «la pasión que le generaba entender la culpa, el duelo y la vida».

 

Me encontré por primera vez con Frankenstein de Mary Shelley cuando mis deseos más profundos se transformaban en pequeños cristales de lucha y activismo. Los libros no eran libros, eran retratos de mujeres buscando su propia voz; las películas se transformaron en directoras, reconocimiento, y el desgarrador velo que cubría los rostros de actrices que callaban cosas. Mi madre dejó de ser mi figura materna para tomar la forma de una mujer con preguntas de una época que no le permitió pensar en sus deseos, y así, con todo lo que rodeaba mi vida, las mujeres tomaron más protagonismo que mi propia existencia. En ese momento fue cuando me topé con este libro, Mary Shelley convirtió aquellos cristales en un lago de preguntas, pasiones y un fuego interior que nunca se apaga.

Me encontré con Mary Shelley por primera vez un lunes. Lo recuerdo porque ese día mi dedo se deslizaba por la superficie de los lomos que acumulaba la librería. Pasé por Murakami, Louisa May Alcott, Flaubert, Emily Dickinson, Borges y Tolstói, autores que sin duda habían trazado mi camino por la literatura pero no habían marcado con mano firme lo que sería mi propia voz. Había fantaseado con mis demonios sobre un papel pero no existía pluma capaz de encenderme, de mostrarme el camino, de decirme que algo dentro de mí se construía a pasos agigantados y mi serenidad lo escondía perfectamente. Entonces vi abandonada una edición con una portada blanca llena de cicatrices y las imponentes letras del título: Frankestein o el moderno prometeo. Instintivamente a mi mente llegó la imagen masificada de un enorme monstruo verde que salía en fiestas infantiles y disfraces abandonados, alguna historia de terror pobre y menesterosa que me contaron de niña; una horrible criatura hecha con partes humanas que se convertía en cada aventura en un temible asesino serial. Un imaginario muy lejos de la realidad.

Un ser humano perfecto debe conservar siempre una mente tranquila y serena, y no permitir jamás que la pasión, o un deseo transitorio, turbe su tranquilidad.

Cada página era un manojo de tinta sin rumbo; pinceladas que contrastaban palabras, palabras que abarcaban la fragilidad de su alma, un alma que no encontraba lugar en un mundo sin compasión. Mary Wollstonecraft —quien más tarde pasaría a ser Mary Shelley— retrató en su obra una abrumadora soledad que para la época resultaba escéptica y ambivalente, lejos del significado que tenía la escritura para entonces. Un retrato intenso, doloroso y vulnerable de la soledad que sufrió toda su vida tras la muerte temprana de su madre, la pérdida de sus hijos, el escepticismo de su padre y el trato indeseable de su marido Percy Shelley.

Me sentía pobre, desamparado, miserable, desdichado; no sabía ni podía distinguir nada; pero un sentimiento de dolor me invadió por completo; me senté y lloré.

Tuve que cerrar el libro un par de veces y caminar hasta la ventana o el balcón para calmar el nudo que cada diálogo del monstruo generaba. Mary Shelley en su obra reconstruyó la carne más sensible de su existencia, el deseo más humano por ser amada y la pasión que le generaba entender la culpa, el duelo y la vida. Victor Frankestein, impulsado por su ambición, busca traer a la vida a los muertos. Cuando termina su experimento después de meses de encierro, se da cuenta de la criatura terrorífica que trae a la vida y huye de esta entrando en un desesperado espiral de culpa y repulsión. Por su parte, el monstruo —siendo desde mi perspectiva el profundo sentir de Mary Shelley— no logra entender la falta de cariño de su creador y la repulsión de la humanidad por él y nos llena de monólogos intensos, desgarradores, crueles y apasionados que reescriben el papel de las letras y su significado.

Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privaste de la alegría sin haber cometido mal alguno.

Y, por un instante, me atreví a sacudirme las cadenas y a mirar a mi alrededor con espíritu sereno y libre; pero el hierro me había mordido en la carne, y nuevamente me sumergí, temblando y desesperanzado, en el abismo miserable de mi propio yo.

Yo era afectuoso y bueno; la desgracia me ha convertido en un demonio. Hazme nuevamente feliz y volveré a ser virtuoso.

Desde ese día Mary Shelley reconstruyó partes de mí que no sabía que estaban rotas y encendió un fuego en mi interior que hasta ahora no he podido apagar. Su pasión por la escritura, por la vida y por sentir contribuyeron al cuestionamiento de los pasos que daba mi pluma y el motor de mis sentidos. Desde ese día me derrito en mis escritos esperando que algún día esta pasión pueda ser transmitida a alguien más, a alguien que pueda leerme y vea lo que yo vi en ella.

 

Lee aquí toda nuestra edición de abril de 2020.


María Fernanda Gómez* María Fernanda Gómez Aristizabal. Amante de la poesía y estudiante de Comunicación social-periodismo de la Universidad Católica de Pereira. En el año 2016 empieza su activismo feminista que hasta el día de hoy acompaña con la literatura.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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