¿Quién le teme al líbero?

La noche fue entrando en los vasos, porque en los vasos entran, al mismo tiempo que ese licor glauco como el mercurio, las horas pasadas, las multitudes vociferantes, los aludes de silencio, ráfagas de luz de barcos fantasmas, ojos de ahogados, paisajes ulcerados, dioses heridos, héroes fusilados…

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Por: Juan Manuel Roca

“¿Qué cataplasmas poner sobre su alma?”

                                 Malcolm Lowry

El hombre llegó. El hombre llegó hasta el mostrador. El hombre llegó hasta el mostrador del bar disimulando su cojera.

Su bordón desacompasado sonaba como la clave de una mala orquesta. Sonido y hombre cruzaron entre las mesas toscas que relucían los jarros de cerveza de una liturgia envilecida. Así era el paisaje penumbroso del bar: vasos de distintos alcoholes servidos como veladoras bajo las fotos diluídas de un nuevo santoral, en realidad, viejas glorias del fútbol a las que la muerte hace muchos calendarios les hizo un gol fuera de tiempo.

En la pared, un balón pintado como una inmensa patena.

Una mujer sola bailaba frente al ventilador que parecía moler el aire y la música y el sopor de diciembre con sus aspas de madera.

El hombre, si nos atenemos al verdadero itinerario, no había hecho el tránsito desde el baño donde repasó letreros obscenos escritos con mala ortografía, hasta llegar driblando mesas al largo mostrador de madera tallada, residuo de antiguos esplendores.

En verdad, su camino al mostrador arrancaba desde el viejo hotelucho de guadua y calicanto donde iba a dormir sus borracheras hablando solo, pasaba bajo el arco de entrada a la noche, especie de bóveda que cambiaba de color bajo un inmenso pajarraco de neón, cruzaba la calle donde al mirar hacia atrás veía al portero y dueño del hotel que también cambiaba de color: verde habichuela, rojo cardenal, amarillo azafrán como los soles del verano.

Antes de entrar, el hombre oyó a sus espaldas su nombre, bajito, susurrado primero, gritado después en lejanía:

─ Eh, Anzóategui, viejo líbero, revienta el balón a las tribunas.

Pero no encontró a nadie en la soledad de la calle aún mojada por una de las pocas lluvias de diciembre, y sólo vio en los charcos el pajarraco del aviso luminoso, aleteando.

Anzoátegui repasó todo el corto y largo camino hasta el mostrador -corto por la distancia, largo por su renguera-  antes de pedir la última cerveza.

─  ¿No ha venido por acá el negro Díaz? Parece que se lo tragó la niebla de su pueblo. Una vez fui a su pueblo. Horrible caserío con mujeres gordas como globos, sentadas en las ventanas esperando que algún día llegue un vendedor ambulante y se las lleve. Avisame si algún día viene, el negro. Mi navaja pregunta por él.

Siempre pedía otra cerveza antes de terminar la primera y algo lo hacía pensar que en noches de luna llena su navaja se agitaba por sí sola en un bolsillo de su saco estrujado y manguicorto. Sería, acaso, porque de tanto brillar la hoja de acero de su navaja, tenía el mismo color de la luna.

Así eran las noches del hombre cuando la soledad hacia metástasis: las horas transcurriendo lentas como en un mediocre partido, el conteo resabido de las fisuras del techo, el jadeo de la cópula en el cuarto vecino y la cúpula de la iglesia del barrio dando las campanadas de una nueva mañana.

Mediodía en los billares.

Anzoátegui se sentó cerca a la puerta, en la mesa que daba a la calle sombreada por los chiminangos. El barrio dormía su sopor meridiano. Oyó afuera un grito corriendo tras de un hombre: cójanlo; y el hombrecito que engullía espaguetis en el cafetín dejó de succionarlos y gritó: cójanlo; y la mujer sentada a su lado que tejía con ojos ausentes gritó: cójanlo; y el grito era pateado de un lado a otro del andén: cójanlo; y la espesa marea de voces llegó al tope: cójanlo; y a lo lejos se perdió la orgía de voces tras del hombre, como  robadas por el viento.

─ Un raponero, dijo el que entraba.

─ No faltan las ratas, dijo el de los espaguetis y agregó acariciando su bigote de herradura, un negro mostacho que visto de pasada parecía como si estuviera comiéndose una golondrina: habría que fumigarlos a todos, borrarlos, limpiar el barrio de la escoria.

─ La justicia cojea pero llega, dijo un viejo jubilado, y uno que otro se rió pensando en la cojera de Anzoátegui.

Hace mucho tiempo que dejó de ser líbero. Y mucho más que dejó de ser albañil. Se dice: un futbolista sin cancha es alma en pena, cualquier otro oficio no es más que uno de los muchos nombres que tiene la muerte.

Sonó el golpeteo de una despaciosa carambola.

Anzoátegui recorría con la mirada los recortes de viejos periódicos amarillentos pegados a la pared, carteles que hacían soñar a más de un muchacho con la gloria y con el vocerío de huracán en los estadios. Caras familiares, amigos de juego en las canchas del olvido, ninguno con su estilo, ninguno con su finta, con su gambeta de liebre acorralada  para ir tras el balón, para llegar a los centros volando como una saeta. Ninguno con esa habilidad suya para crear espacios, para jugar de oído. A veces se pregunta dónde habrán parado, en qué bote de basura, su camiseta roja, su pantaloneta azul, sus medias acebradas de rayas azules y rojas. Y dónde la promesa escrita de su fichaje con el equipo de José Manuel Moreno, del Caimán Sánchez, de Calonga, de las tribunas enrojecidas y móviles como el tren de mercurio que sube por el termómetro de una fiebre.

En las paredes del billar, periódicos viejos, amarillos y desvaídos como sus glorias.

La cojera de Anzoátegui tenía muchas versiones. Un foul en el área en el momento en que estaba a punto de igualar el partido, una bala en un atraco callejero, los lentos pero certeros tarascazos del fracaso, los lobos del hambre.

Pero la verdad es que Anzoátegui, de quien se decía que sacaba al contrario como si se tratara de una estaca, de algún hidrante, quedó rengo de por vida, una noche entre drogos, engullidores de grajeas de todos los colores y calibres. Un tipo, al que llamaban el negro Díaz, siempre en gavilla como una parvada de murciélagos, arrastró a Anzoátegui con el señuelo de la fiesta. Que para las mujeres, Anzoátegui era el hombre y para las largas noches de aguardiente, también.

Taller de mecánica. Astroso lugar por lados de Barriotriste. La noche fue entrando en los vasos, porque en los vasos entran, al mismo tiempo que ese licor glauco como el mercurio, las horas pasadas, las multitudes vociferantes, los aludes de silencio, ráfagas de luz de barcos fantasmas, ojos de ahogados, paisajes ulcerados, dioses heridos, héroes fusilados, putas y doncellas, palacios y yermos, puertas abiertas y candados, restos de un naufragio, canciones bizarras, pero nunca el olvido. Es increíble la cantidad de seres ─bailarines y sin pies, jinetes sin caballo, estadios sonoros o llenos de nadie─ que habitan el interior de una botella.

Del taller fueron a una bodega de chatarra junto al cementerio de autos, un lugar de despojos y de escombros donde bebieron sin respiro, hasta que Anzoátegui cayó dormido en ese sueño de alcohol en cuyas orillas chapalea el olvido. Aún hay quienes dicen que en ese callejón de Barriotriste, que en ese paisaje de la herrumbre, se escucha el grito de Anzoátegui. Aún hay quienes cuentan cómo le bajaron la cortina metálica que cerraba la bodega. Él, acostado y dormido, y la pesada cascada, un Niágara de hierro cayéndole en sus piernas como una aceitada guillotina. Venganza, dicen, del negro Díaz. Venganza porque Anzoátegui ayudó a enviar a su hermana lejos del negro, de sus eternas rondas invitándola a la noche. Porque Díaz tenía fama de violador, negra reputación, largos prontuarios.

De eso nunca hablaba Anzoátegui. Hablar es más inútil que pellizcar un espejo, decía. O, hablar es algo sin sentido, como los días festivos para un vagabundo. Eran sus frases de combate, antes de volver a las cuevas de invierno de su mudez. Acaso, en medio de sus borrascosas borracheras se dirigía a uno que otro para hablar de su pasado: ese gol de chilena entre el cerco defensivo… Hablaba a veces con los niños en sus largas correrías por los barrios obreros. Se sentaba en los graneros donde llegaban grupos de muchachos sudorosos, después de uno de esos partidos callejeros jugados desde el sueño hasta la eternidad.

─ Mirá esto.

─ ¿Lo ves?, insistió Anzoátegui.

Y el muchacho vio un recorte de periódico con un hombre malgarbado y sin color, como figura vista a través de un cristal llovido, zambulléndose en el aire, cabeceando un balón desdibujado.

─ ¿Es usted?, preguntó el muchacho.

─ Fui, dijo el hombre.

El muchacho giró el dedo índice en torno a su sien, preguntando en su gesto si el hombre estaba loco. Pero los otros muchachos no hicieron caso de su ademán, ni siquiera del desconocido.

En las noches, Anzoátegui escuchaba, casi sin interés, los partidos de fútbol en la radio del vecino. De nuevo nombres familiares de jugadores que empezaron a patear balones con él, y que ahora lo evitaban.

─ Cuidado, decían, ahí viene el loco Anzoátegui, desde que está cojo para en la calle a cualquier fulano y le pregunta por el negro Díaz.

Un domingo, se dio a caminar sin rumbo por la ciudad. Anzoátegui hablaba solo. Bajó blandiendo su bordón y fingiendo no padecer de su cojera hasta las calles del centro como en los viejos tiempos cuando pie y balón hacían parte inseparable de su sombra.

Recordó las noches en que venía desde La Floresta a mirar a las muchachas caminando por las calles como si pisaran nubes de algodón, alfombras de musgo. Ahora miraba las vitrinas. En la vidriera de una pastelería, fronteriza con el barrio Guayaquil, vio la cara reflejada del negro Díaz. Se volteó rápido como si quisiera parar un balón con el pecho, y ahí estaba, el negro, con sus ojos de naufragio.

Pensó Anzoátegui en sacar su navaja, pero vio a Díaz  tan viejo y derrotado, quizá más viejo y derrotado que él mismo, que hizo como si no lo conociera. Alguien que espera tanto tiempo y llegado el momento siente que está más enamorado de la espera que de la venganza, pierde su centro. Quizá por ello se le vio a Anzoátegui trastabillar y luego caminar con el temor de dar un paso al vacío. Sintió sí que su vida entraba en los últimos instantes de un mal partido, las tribunas vacías, los equipos fantasmas, la rondadora muerte alistando el pitazo final.

Para Álvaro García


Más textos del poeta colombiano aquí.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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